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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Las dos chicas se besan, sonriendo, mordiendo, encontrando saliva. Una de pelo rojo caoba, la otra de rojo tiziano. Una lleva el pendiente en el cartílago -uno solo-, la otra en el lóbulo -uno solo-. Ninguna de las dos se ha pintado los labios, aunque es obvio que han compartido la sombra de ojos. Ese tono es de Lancôme, seguro. La chica de rojo caoba viste de negro, tiene la tez bronceada; la de rojo tiziano, tiene un lunar prominente en el cuello, muy sugestivo, y la piel muy blanca. El flash no las ha distraído, se las nota felices. Me pregunto quién sacó la foto. Algo me dice que está enamorado de una de ellas, la foto huele a celos, la foto dice muchas cosas del que la ha sacado. Apuesto a que es un hombre. Las hace parecer un par de actrices porno, si bien ninguna de ambas usa las manos para querer a la otra. Claro que ellas no piensan en el que saca la foto. Se han construido una burbuja. Todo, salvo ese beso, está ausente.

Ahora está examinando su colección de Barbies con rayos X. Va a ser hermosa y poderosa. Algo en la sangre le dice que haga lo que haga, tanta víscera, tanto terror, tanta locura, saldrá bien. El ángel le nació a una Barbie. Delante de sus ojos, como si estuviera señalada. Dejará temblando a todos con lo que escriba, cada vez que se mueva, cada vez que respire. Dará dos patadas en el suelo y saldrá amor para ella de todas partes, como de un surtidor. Tanto que no sabrá qué hacer con él. Cuando toda voluptuosidad ocurra, la vida habrá saldado su deuda. El daño cicatrizará como las heridas de savia en la piel de los alcornoques.

Apenas veinticuatro horas antes del evento, L. posaba junto a las otras cuatro finalistas, luciendo sus nuevos pechos, su nueva dentadura, su dieta draconiana de seis meses, su moño historiado de cuatro horas, las ochenta horas de educación postural, sus cejas depiladas, su hora de gimnasio siete días a la semana, sus piernas de ballet desde los cinco años, todos los esfuerzos de mamá, todos los cheques de papá, una fabulosa manicura. Cuando abrieron el sobre del jurado y fue anunciado el nombre de la ganadora, la de los pechos naturales, la de las piernas cortas, la de la sonrisa dulce, la de la cintura ancha, la que jamás cabría en la talla 38 que ella calzaba como un guante, algo ocurrió. Una crisis psicótica o algo. No sé exactamente qué pasó. No lo sé, no lo dicen. El caso es que la gordita y las otras dos están bien muertas y los fiscales andan decidiendo si a la miss le toca ir a la trena o al psiquiátrico. El mundo está cada vez peor, no me digas. Da asco mirar los telediarios.

Cómo decirle, cuando no le queda vida, cuando se le hincha la tripa del Crixivan, cuando tiene la boca llena de cándida, cuando no le sostienen las piernas, cuando la conjuntivitis le pone cada vez más difícil leer los clásicos y la otitis escuchar a Gillespie y a Billie Holiday, que la auxiliar de clínica que le trae el desayuno y las veinte pastillas antes de ahuecarle las almohadas, se ha enamorado de él hasta las trancas. De lo que piensa, de lo que dice, de cómo ríe, de cómo duerme. Cómo decirle que tiene que morderse las ganas de besarle y que le follaría, como Sera a Ben en Leaving las Vegas. Sin condón, a pelo. Cómo decirle que si no lo hace no es tanto por respeto a su propia vida como a la dignidad del adiós. El amor no siempre llega a tiempo de salvar. No siempre llega a tiempo de salvarse. ¿Cómo decirle que ha llegado temprano a la muerte y al amor verdadero demasiado tarde?

Cuando me dijiste vamos a hacernos fotos, me pareció divertido. Cuando rellenaste uno de mis sostenes con algodón en rama, también, cuando te pusiste mis bragas y mi vestido de año nuevo, me dije que tenías algo dulce y femenino, que era de ese algo, precisamente, de lo que me dejé llevar hasta creer ciegamente en el amor. Cuando empezaste a imitar mis movimientos y mis rutinas de maquillaje, me sentí agraciada: siempre que fueras un poco como la primera amiga del alma que tuve, la que me enseñó a buscarme el punto G en los servicios del instituto. Lo que pensaran los demás me la sudaba. Follamos como posesos en esa época ¿verdad? Era un juego delicioso, el secreto y la clandestinidad nos fortalecían. Todo cambió el día que me suplicaste que te metiera por el culo esa cosa horrible que encargaste. Me escondí en el baño para llorar. Fue peor después. Fue mucho peor. Tus uñas rascando la puerta, tus aullidos suplicándome que te la rompiera, que te hiciera sangrar, que ya no bastaba con la barra de labios y que no querías a otro hombre, sino eternamente a mí. Que el deseo te estaba volviendo loco. Que no eras una drag queen, que no querías cambiar de sexo, que por qué no te veía, que por qué no quería hacerte bien.

Pobre. Se ha quedado dormida, aferrada al móvil, esperando el sms. Ni siquiera saber que ha sacado un notable en el examen que daba por suspenso hará de miel para el desengaño. La mueve la fe, parece que no acabas de comprenderlo. Los hombres sois muy brutos.

¿Por qué va a llorar? Llora porque la psicópata de tu niña ha ahogado a su osito de peluche en el inodoro. Vas a tener que hacer algo. Vas a tener que decirle que los gatitos no y que se mantenga lejos del cajón de los cuchillos. Y al osito lo sacas tú de ahí. Lo sacas tú.

Todo lo que hice, todas las líneas que crucé, todos los prejuicios que vencí, todos los deseos que formulé en voz alta y los que escribí en secreto, no fueron para complacerte, ni para que me amaras. No tenían un objeto redentor. Lo hice por la que, dentro de mí, sisaba segundos a los meses, para cuando tú pudieras soñarla con tanta vehemencia que le brotara una carne esplendorosa, digna de ti, digna de sí misma. Un cuerpo para la ausencia del amor en el reinado absoluto del deseo.

Apagaron las luces, trajeron la tarta con sus 47 velitas. Mientras mamá las soplaba, uno de los invitados cerró los ojos rogando que el deseo no se cumpliera. Lo sé porque estaba presente cuando ocurrió. La última se resistió a apagarse, todos rieron porque pensaron que se trataba de una de esas velitas tramposas, que se encienden solas, una y otra vez, hasta la exasperación. Entonces el invitado que cerró los ojos, se mojó pulgar e índice y los unió húmedos sobre el pábilo. No fue una velada especialmente triste, pero mamá ya no está aquí.

Sabes perfectamente que eso la vuelve loca. ¿Por qué tenías que decirlo? ¿Por qué tenías que soltar lo de la carne en el asador en medio de la cena? Bastante me costó lograr que coma sus verduritas. Mañana se negará a probar bocado y la culpa es tuya. No me contestes y come, haz el favor, que te estás ganando un sopapo.

14 de junio de 2005
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