- En el Tryp Caleta... no, ahora mismo... no quería molestaros, lo prefiero así...sí, muy bien... Sí, está muy cambiada... pero... ¿qué playa se parece a aquella? ¿te acuerdas?: 'tienes una manera de bailar que me fascina...', sí, jajaja, qué tiempos... bueno, voy a ducharme, estoy rendido... sí, a las siete, bien, bien... vale, sí, gracias... sí, nos vemos... ¿vas con Miguel? pues eso, sí, bien... para mí no... vale, vale, sí, un beso.
No le ha cambiado la voz. Colgó el auricular. Hubiera matado entonces por aquellos chicles de Rota que tanto le gustaban, por el brillo del papel de plata tintineando en sus dedos, por el sabor del polvillo ácido que los envolvía y que se pegaba a su paladar con un chizpazo de limón eléctrico. Se dejó caer sobre la cama después de poner a cargar el móvil: borbotón de pies al sacarse los zapatos, una ducha de agua larga, ardiendo, todo el sudor al sumidero del tiempo. Jabón, olvido, traiciones.
A ella le gustaron sus pies. Le desnudó torpe y temeraria tras el toldo, muy de noche. '¿Lo has hecho ya con alguna?', 'no', dijo, y mintió, sin esfuerzo, con hábito ligero, tomando para si primicias desiguales. Nunca duerme bien en los hoteles. Gasta habitaciones caras por si el mueble bar, el aire acondicionado, la cama trasantlántica, las amenities o los hidromasajes turcos hicieran alguna vez más cercana su casa, su vida, pero la recepción nunca es un regreso y en la cama boquea sin aire, soñando pedregales en gris aguado, intemperie.
Casi mejor no haber esperado tanto para romper la promesa, casi mejor 'no volver jamás', dijo, entonces, 'aquí termina, aire', y un billete eficaz a la bruma de su infancia. La duermevela trae una tarde de cumpleaños. Los regalos agolpados ahogando la inocencia con talonarios de felicidad. Después Antonio Pica asegurándole un hueco en La Rebelión de las Muertas, 'tienes fotogenia, que te lo digo yo, mírame, me echaron el ojo en los Estudios del Moro y en nada el parlamento, déjamelo, chiquillo, tú déjamelo a mí...'; después, cuando el sueño se hace melaza, la Blu. La Blu: una puta de la base americana que gastaba culo a lo Carmen Sevilla y cara de Gimpera, que olía a lavanda y fumaba Chester emboquillado como en las películas del cine de verano, el cine de la terraza, de las pipas, el cine que iluminaba historias tan imposibles y tristes como la de la Blu llegando a Rota de la mano de su novio negro y mecánico torpedista, que se rompió la crisma con un mal resbalón en el agua jabonosa y la dejó allí varada en la base extranjera, con su culo de mujer bestial, su cara de pecado y su pronta fama de chica fácil que el hambre terció en cátedra: al poco la Blu se doctoraba por indolencia horaria y no por vocación verdadera, que nada perjudicó más a aquellos ojos montaraces que la luz de madrugar alumbrando caminos que reptaban al tajo.
Podría decirse que tuvo suerte. Estrenarse con la Blu era cosa de niño rico, de padrino mundano, pero lo suyo fue cosa de caridad entre amigos, una colecta para no hacerle perder el paso, y por eso más agradecido, inolvidable aquel coño de chino pelujo, afeitado a gilette y barondandy, que se perfumó e invitó a palpar diciendo 'ven, trae tu manou, guapou, quierues toucaar', con voz de cuidado, de sabia, como se llama a un pajarillo herido, como se miente en el amor cuando después se sabe que hará navaja. Quizá de ahí engañar a Ana tras el toldo, quién sabe, quizás de ahí.
Fue un relámpago, el principio, la luz de un fusilazo; su pelo oxigenado a lo Marilyn, los muslos ligeramente húmedos de calima y calientes de siesta, como una diosa, como una estrella en un cine sin techo. Cuando se metió dentro ya no pudo moverse; ella lo hacía muy rápido, como un bicha, como un terremoto de carne y jadeos, suave, líquido, caliente, apenas sin ruido, su lengua en la oreja y aquella palabra en inglés '¡rubmi!, ¡rubmi!', que debía ser -pensó entonces- el nombre cariñoso de su negro y desnucado novio. No tardó en correrse, y fue como caer, o como hundirse en el fango -aún más líquido y oloroso- de la marisma, la quemazón bajo la polla, las manos de la Blu empujándolo a un lado como quien recuesta junto a sí un muñeco sin cuerda que se sabe averiado. Sobre su brazo los pechos le olían a hueco, su rodilla apretándole el vientre, la boca de la Blu grande como un pozo sin fondo, lamiendo sus labios sin cerrar los ojos abiertos con picardía, con avaricia, como el que regala sobrado un quite si la muerte entonces arrecia. Se le fue el pensamiento a su mamá haciendo los mandaos, al vapor de las ollas cuando cocía cangrejos, a los ruidos de la calle que entraban otra vez por el tragaluz. Gruñó un poco. Se vió la polla sangrada, se asustó, pero ella se dio maña en asearle y quizá por eso -por ese pudor inesperado- ocurrió después lo que no podía olvidar, aquello que volvía una y otra vez a sus sueños cuando no dormía en su propia casa.
Vestidos ya -él con la ropa de llegado y ella con una especie de kimono a medio muslo- la Blu preparó una merienda con migote de bizcocho seco. Hizo en cazo café del bueno, del de caja de indiano, 'pujsherete', dijo sonriendo, y canturreó algo en inglés que después le dijo que era gospel, y sacó tostadas, y bombones, que metió en su boca con su boca como hacía con los chicos ricos para aflojar a los padrinos alguna peseta más.
Medio mareado de gusto y calculando la manera en la que el paraíso cabía en aquella casa prefabricada, dejó que ella le cogiera de la mano; le llevó a la cama deshecha; le desnudó otra vez, le pintó la verga con leche condensada y un índice de uña rojo fuego. Cerró los ojos mucho antes de que se la metiera hasta dentro, chupando dulce tanto dulce, creciéndola sin rozarla entre sus dientes, acariciándola como se acaricia un animal pequeño y muy impresionable. El placer llegó más lento que antes, pero fue mejor que ninguno, y después se corrió a rachas, como se tumban las olas con los envites de una levantera loca. Más, el silencio. La Blu se puso de pie, recogió las tazas, los bizcochos, la leche condensada, le señaló la puerta, encendió otro chester y se metió en la habitación contigua. Allí lloró con saña mientras él se iba, dudando en acudir o no hasta su lado para consolarla de algún modo. Pero amar a las putas es como amar en sueños, y pronto se olvida, y nada queda, salvo turbiones en tardes de mucho calor arreciando junto a las siestas, que la noche calma, o la taberna, o el olvido.
'¿Lo has hecho ya con alguna?', 'no', dijo. Con Ana fue distinto, supo a limpio, a regalo de veras. Hasta la sangre fue otra: una fruta nueva dejando escapar su jugo. Entonces lo hicieron con condón, americano, y caricias en el muslo, y palabras, 'tienes una forma de bailar que me fascina... contigo yo... twistear toda la vida, sí, mi amor...', Ana Risa, Ana Culito Respingón, Ana Flauta Cañaílla.
El sonido del móvil le sacó del sueño: Antonio Pica con Sofía Loren y la Blu llorando exagerados frente a una lata de leche condensada, el condón lleno de arena tras la lona, Ana diciendo adiós entre risas, meneando su mano como un revuelo de palomas temblando sobre la duna; todo ocurre entre sombras; hay ecos de feria, de puesto ambulante, de cocos y turrones; el pulso late.
- Sí... sí, me quedé dormido, perdona, sí, un viaje de locos; cansado es decir poco. Dame diez minutos y ya estoy allí; sí, me parece bien... no, si a mí me da igual... sí, sí, lo he arreglado, por tres días, sí... más no puedo... ya, qué quieres, lo hablamos, niña... hasta ahora. Perdona otra vez. Sí. Ya voy.