Es bueno ser así, de nadie, escribió Eugenio de Andrade. También que no siempre un cuerpo es el lugar de la furtiva luz desnuda. Como casi todos los poetas, se ha ido interrumpiendo con silencio el silencio que es preciso para el trance que ilumina con llamarada el poema.
Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha, los abuelos de Saramago, analfabetos ambos, se lo enseñaron casi todo acerca de la vida haciendo magia inefable de las cosas. En su discurso de aceptación del Nobel, Saramago dijo:
'En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable'.
Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera".
Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.
Quien quiera que esté leyendo este obituario, se preguntará por qué se acude a otro escritor portugués para despedir a Eugenio de Andrade y por qué con estos párrafos, precisamente, y no con los poemas del propio Andrade.
Andrade, también de origen campesino, nacido en Póvoa de Atalaya, en la región de Fundao, vivió como se vive para la belleza de lo todavía inocente, para la exactitud de la palabra. Jamás permitió que se aludiera a su obra con descuido, fue un hombre culto y frugal que no buscó fama ni dinero, devoto ferviente de otros poetas, fugitivo de las entrevistas, testigo del ardiente parto de la tierra aún no consumada. Es justo, entonces, que deseemos para él descanso al fin, a cielo abierto, bajo alguno de esos árboles que abrazó Jerónimo Melrinho cuando sintió cercano el fin y que sirvan los recuerdos más preciados de quien, al enterarse de esta muerte, no encontró para lamentarla otra palabra que la gratitud hacia lo que una vez escrito, echó raíz en el mundo.