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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura
La música es el único arte que sobre el papel está muerto: vive cuando suena la primera nota, y muere con la última. Por eso, en el concierto, el músico ha de entregarse sin reservas, pero, ¿qué queda después de terminado? Nada, salvo el compromiso de la siguiente actuación. Por eso me gusta decir que el concierto más difícil es siempre el próximo'.
Carlo Maria Giulini

En los años previos a su internamiento en Bolzano, Giulini permaneció recluido en su piso de Milán, muy cercano a la Scala, con las persianas cerradas, en penumbra, en silencio, rodeado de partituras. Llevaba algún tiempo retirado, desde una caída en concierto de la que nunca terminó de sobreponerse.

En un precioso artículo, Antonio Muñoz Molina escribe acerca de esa melodía callada que suena en el interior de quienes la viven como una oleada de espíritu que rebasa la percepción de los sentidos corrientes. Quizá ese artículo exprese de forma más elocuente que este obituario lo que representó Giulini para la música clásica y ésta para Giulini.

Carlo Maria Giulini nació en Barletta, sur de Italia, en 1914. Estudió viola, violín y composición en Bolzano, Roma y Siena. Debutó como director fue en la Academia Santa Cecilia de Roma, en 1944. Llegó a la Scala de Milán en 1951. En 1955 viajó a Estados Unidos para dirigir la Orquesta Sinfónica de Chicago en calidad de director residente. Mozart, Beethoven, Brahms, Bruckner y Verdi fueron compositores que sintió y dirigió de forma sublime. El Requiem de Brahms bajo su dirección es, probablemente, la mejor versión que se haya grabado nunca. De 1973 a 1976 se hizo cargo de la dirección de la Filarmónica de Viena, de 1978 a 1984 de la Filarmónica de Los Angeles. Más tarde condujo la Filarmónica de Berlín, la Royal Philharmonic Orchestra, la del Royal Concertgebouw de Amsterdam y la Orquesta Nacional de París. Tras retirarse en 1999 de toda función titular, regaló su tiempo a los alumnos de la Escuela de Fiesole y la Academia Chigiana de Siena.

No es posible hacer balance de sus logros, son incontables. Desaparece con él la última de las batutas virtuosas de nuestro tiempo. Celidibache, Karajan, Solti y Bernstein le habían dejado demasiado solo.

Para él todo comenzó un invierno en que, durante un paseo, vio a un señor que movía los brazos con un palo sobre una caja de madera. Preguntó a su madre qué era y ella respondió: 'Un violín'. Pidió uno para Navidad. Todo desde entonces fue recorrer ese camino de la belleza que entendía como una fe seguida del amor que finalmente, hace el arte. Durante su juventud tocó en la hermosa sala Augusteo de Roma, que Mussolini, en su inmensa ignorancia, derribó convencido de que bajo sus cimientos iba a encontrar los restos de Augusto. Poco después, Giulini, contrario al fascismo, pasó a la clandestinidad.

No sólo fue una celebridad apreciada por los melómanos y coleccionistas de ediciones de lujo de la Deutsche Grammophon. Fue el hombre que se encerró tres semanas con la Callas durante los ensayos de La Traviata, para que su Violetta rozara la perfección absoluta. Fue también la batuta que comprendió e hizo comprender, que ejecutó e hizo ejecutar con amor misterioso, las notas muertas de las partituras hasta la resurrección. Representó, al contrario que Karajan –la megalomanía-, una ética musical, una forma concreta de dar y darse, una actitud incondicional de entrega, el gesto humano, la intimidad con la obra, con los músicos, con el fin de hacer única la intención de los compositores.

Giulini anotando las partituras de sus alumnos, de sus músicos. Giulini riendo cuando Teresa Berganza se arrancó con un bolero y le sacó a bailar. Giulini llorando de emoción al hablar de una partitura durante una entrevista. Giulini discutiendo un guión con Visconti. Guilini escuchando el feliz cumpleaños de una diva por teléfono. Giulini dirigiendo con manos trémulas la Pastoral de Beethoven para los refugiados de la guerra de Kosovo.

'Lo más importante es el contacto humano. El gran misterio de la música exige la verdadera amistad con aquellos con quienes se trabaja. Cada miembro de la orquesta sabe que estoy con él o ella en mi corazón'.

Y al final, la música perfecta, la que revuelve el interior, la que despierta de sus manos como una amante dormida. Para nosotros.

18 de junio de 2005
Hermoso y sentido artículo. Sólo que Giulini nació en 1914 y no en 1904.
pues va a ser que sí.
gracias roberto. corrigiendo…
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