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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

El primero en caer fue el contramaestre. A él siguió la marinería. Uno a uno, de extenuación, temblores y fiebre. Al principio, aún los enfermos ayudaban en la sufrida tarea de arrojar los cuerpos al mar, pero según iba menguando la tripulación a causa del estrago, empezaron a quedar cuerpos en las literas y era tal la fatiga de los que esperaban la muerte, sin esperanza de remisión, que los dejaban allí, haciendo caso omiso del hedor e incluso de las larvas.

Sólo uno, y a pesar de la gravedad de sus síntomas, se empeñó en ir subiéndolos a cubierta, lo bastante cerca de la borda como para que las tormentas de la travesía arrastraran consigo el peso que él ya no era capaz de asumir, más por higiene que por caridad cristiana. Colocó los cuerpos uno junto a otro, como si hasta en la muerte fuera de desearse la compañía de otros y finalmente, cuando llegó su hora, rezó lo que sabía y se tendió al lado del grumete. Al infeliz se lo habían serviciado dos en los camarotes una noche etílica y no tuvo otra compensación que ser el penúltimo en el inventario de los muertos.

Una ola alta, compasiva, tras un golpe de aire, escoró el barco a barlovento. Cuando fue encontrado, a la deriva, ni la bitácora ni el sobordo proporcionaron datos sobre lo ocurrido. Toda la tripulación había desaparecido sin dejar rastro, pasando el nombre del carguero a la leyenda de los buques fantasma.

12 de julio de 2005
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