Hace trece años que el escritor Oscar Auley escribe cartas de amor para extraños, a razón de veinte al mes.
El ritual es simple: ponerse en la piel del otro, escribir las palabras que el otro necesita oír para encontrar la escala que conduce fuera de los infiernos sentimentales. Una cierta generosidad, una medida para las promesas, un instinto para los verbos que facilitan el perdón. Fe en el tiempo para arreglar del corazón las fracturas del error humano.
Pienso en Dora, de Estación Central de Brasil, en hora punta, escribiendo cartas para analfabetos.
Pienso en éste, uno de los oficios más afortunados del mundo.