La siguriya no deja aire para el adorno, tiene de por sí el patetismo sobrio de lo trágico. Al niño que empezó a cantar en los trenes que iban a Alcalá de Guadaira y que con sacar para pasar el día se creía bien despachao, el cáncer le ha metido en el boquete.
Qué dulces parecen en la memoria los años de malvivir, los primeros cinco duros en la Alameda de Hércules, el olor de la marisma gaditana, el incienso de Semana Santa, la borrachera de jazmines en la noche de abril, la gracia al pasar la bandeja después de echar pa' fuera el alma como a borbotón por un tajo, el arte criado a pulmón bajo el ala de los Pavones. Los años de Madrid, en el Corral de la Morería, cantando para el Farruco, alegrando la juerga de los ricos y media América después por fandango tirando a pellizco, tras la bata de Lola Flores. Los japoneses, el Grammy Latino, los años pasando con centella y quejío en los primeros tercios, con redoble a veces. El amor, los barcos, los aviones, los hijos, los huesos cayendo pesados en la silla de enea, las tardes de fútbol, el callo en las palmas.
'A mí para cantar bien me tienen que gustar las caras', dice y cierra los ojos como si un puño anduviera hurgándole con saña las tripas y al final, entre el silencio y el último aplauso, cae vertical el que hace el flamenco el postre más dulce.
'¿A qué has venío, niña?' 'A buscarte, que ya tardaba'. 'Todavía queda gente en el tablao' 'Sin prisa, tú a tu arte, que yo espero hasta que apaguen las luces'.
La muerte pide una manzanilla, y se sienta pálida y con mantón donde él puede verla. 'Canta para mí, que tengo capricho' dicen sus ojos.
La vida, como la siguriya, empieza en un grito desgarrado, después va para largo y cae, al final, como la ola alta, con todo su peso. El maestro acaricia por última vez su guitarra y saborea, agridulce, ese ole que al fondo, en lo oscuro, ella le dedica.
Anda penando el duende por la Macarena, a cuarenta grados a la sombra