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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Monroe
A principios de 1962, Marilyn Monroe encontró una casa cerca de Santa
Monica, entre Sunset Boulevard y San Vicente Boulevard. El 12305 de
Fifth Helena Drive era una hacienda de estilo español resguardada por
un muro blanco. Setecientos metros cuadrados, un solo piso, un garaje
anexo y una pequeña casa de huéspedes, tejado rojo, gruesas paredes
estucadas, ventanas batientes, vigas altas a descubierto y amplias
puertas de arco en todas las habitaciones. Había un frondoso jardín y
una piscina. Ninguna de las puertas de la casa tenía bien el cerrojo,
necesitaba muchas reformas.


Estaba comprando los muebles de estilo mexicano cuando leyó en un
tabloide que los rumores de su relación con un hombre importante
habían pasado de rumores. En aquellos días había dejado de tomar
drogas y somníferos. Se sentía extrañamente culpable de haber
adquirido una casa para ella sola con su propio dinero, pero de algún
modo ese hogar representaba un borrón y cuenta nueva en la vida que
había llevado hasta entonces, lo cual también la llenaba de
entusiasmo. Los 36 llegaron con una madurez por la que todos los que
la trataban íntimamente se vieron sorprendidos.


Sin embargo, poco antes de su muerte, durante una cena de entrega de
premios, Marilyn bebió y se comportó de forma embarazosa. Llevaba un
vestido tan ajustado que apenas podía moverse. Las ‘vitaminas’ que
solía administrarle Hyman Engelberg eran una mezcla explosiva de
Nembutal, Seconal, Fenobarbital e hidrato de cloral para inducir el
sueño. Además de las inyecciones, disponía de un botiquín personal
bien abastecido: Librium, Valium, hipotensores, anfetaminas para salir
de los trances rápidamente. Sus amigos ignoraban por qué había vuelto
al círculo vicioso. A pesar de ello, entre colocón y colocón, estaba
atando cabos sueltos, y decidida a darse cosas buenas. Lo de Kennedy no pasó de cuatro encuentros sexuales, la mayor parte de
las veces con testigos y de tal modo que el presidente pudiera
soportar los intensos dolores que le provocaban sus cuatro hernias
discales. Joe (DiMaggio) había vuelto a su lado. En realidad, nunca
había dejado de rondarla, como el devoto y celoso ángel custodio que
fue toda su vida. Ella quería dejarse cuidar.


Tras el suicidio, se encontró una nota en la que Marilyn decía:
‘Querido Joe: Si al menos logro hacerte feliz, habré conseguido lo más
grande y difícil que existe… o sea, hacer completamente feliz a una
persona. Tu felicidad es la mía y…’


La nota nunca se terminó de escribir. Joe intentaba amortiguar la
perversa influencia que el doctor Ralph Greenson y Eunice Murray
ejercían sobre ella, había dejado un par de pijamas y un cepillo de
dientes en el vaso del cuarto de baño. Marilyn despidió a Eunice,
empezando a tomar sus propias decisiones.


Hay fotos de esos días, Marilyn en el jardín de su nueva casa, con
sombrero de paja, sonriente, leyendo o dedicada al huerto. Había
adelgazado. Parecía feliz. Y de pronto, como una de esas tormentas que se forman deprisa, con
grandes nubes negras y mucho aparato eléctrico, se desencadenaron una
tras otra, todas las pequeñas fatalidades que acabaron con su vida.
Un golpe en la nariz y en los pómulos por caerse, según dijo. Un
virus seguido de una sinusitis. Más rumores. Volvió a cerrarse el nudo
de Greenson sobre su mente y su carrera, mientras el cimiento de sus
nuevos proyectos se desmoronaba.


Poco después de encontrarse su cadáver de la actriz, el 5 de agosto de
1962, se descubrió una inscripción en latín, grabada a cincel en una
baldosa de mármol en la entrada principal de la hacienda: ‘Cursum Perficio’: he completado mi camino.


Hay muchos que dicen haber visto al espectro de Marilyn paseando por
Fifth Helena Drive al atarceder. Los mitos siempre dan lugar a estas
leyendas, sin embargo nadie sabe quién ni por qué grabó esa baldosa y
uno se pregunta si no bastará el poder de una simple invocación para
abatir al Fénix en pleno resurgimiento.


La muerte acude al encuentro pactado de antiguo que ella, al contrario
que nosotros, nunca olvida. A veces, los grandes cambios son sólo
preparativos para el último viaje.

24 de julio de 2005
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