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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Baja del coche con los movimientos precisos de una gata, hincando los tacones en la grava y recorriendo los metros que la separan de la puerta principal sin darse prisa. No es una simple mitómana a la que el pintor haya invitado a tomar el té.

El traje de chaqueta está hecho a su medida, raya masculina, entallado, azul. Blusa blanca, traslúcida, lencería de La Perla estrenada para la ocasión. No lleva anillos, ni collares, ni pulseras, ni pendientes, apenas unas gotas de Dirt, de Demeter, tras los lóbulos, en el escote, bajo el mentón y en los pulsos. Perfume de tierra mojada.

El mayordomo y la doncella de la casa -con uniforme y cofia- la esperan en el frontispicio, tallado de letras góticas. Él se dirige a ella en un inglés con fuerte acento francés y la invita a pasar al salón. Ella le pide su bolso y su abrigo. El mayordomo, filipino, podría pasar por noble si no desempeñase con tanto rigor y manierismo sus funciones de sirviente. Ese tipo de cosas la ponen algo nerviosa, después de todo es una chica de Pennsylvania, nacida en hogar de clase media trabajadora, hecha al trato vulgar y al lenguaje limitado de las fiestas de Hollywood.

El enorme chalet, un antigua posada en medio de la espesura de Rossiniére, cercado de montañas, parece una casa de muñecas vetusta por fuera y la obsesión de un anticuario por dentro, un verdadero gabinete de curiosidades, un lugar fuera del tiempo.

'Monsieur le compte y su esposa no tardarán en bajar' anuncia el mayordomo, que le ofrece algo de beber. Pide Evian, se la sirven en copa de cristal de bohemia que filtra las burbujas con brillo estroboscópico. Se entretiene, como cuando era una niña y se encerraba a leer en el armario con una linterna, haciendo derivar destellos por el enorme salón. Acaricia con la mano el terciopelo del diván, contempla a una de las muchachas de Balthus y se levanta para mirar el Bonnard de cerca. Todo huele a lilas tersas en los frascos y a cera francesa: los muebles parecen recién encerados.

La voz del pintor le interrumpe, se vuelve sonriendo, deja la copa en una mesita y se dirige a él con la cautela de quien aún no sabe cómo desenvolverse, aunque intuye al instante que él va a convertirla en otro objeto de contemplación para su arte: el caro lujo de la belleza inteligente.

Es realmente mayor, pero ha conseguido que la primera mirada resulte eficaz como la de un amante joven. Su chaqueta de terciopelo está perfectamente cepillada, su foulard de cachemira desprende olor a maderas de oriente y tiene el porte de un aristócrata. Setsuke aparece un segundo después, hace una inclinación cortés, en kimono, sonriendo. Pasan la tarde hablando de la perfección, de lo difícil que es captar una luz fugitiva . No le pregunta por el cine ni una sola vez. El té se sirve con pastas artesanas y sachertorte. Por un rato no es Sharon Stone, sino Mademoiselle Vonne. Él habla de la pintura como plegaria imposible, ella de Hamlet y de su pasión por Octavio Paz. Setsuke, que parece un cerezo en flor dando cobijo a un hombre muy frágil, escucha en silencio sin dejar de sonreir.

La luz empieza a hacerse lenta, klossowskiana. Entonces, con exquisitas maneras, el pintor le pregunta si puede sacarse la blusa para él. Sorprendida por su franqueza, mirándole fijamente,desabotona la chaqueta, y con lentitud deliberada la deja caer por los hombros y los brazos. Uno a uno, se van abriendo los botones de la blusa, que se derrama, leve, sobre el terciopelo. Los pechos desnudos, altos y firmes todavía, se ofrecen a la mirada del genio. Al amor de la luz quieta, parecen los de una adolescente.

26 de julio de 2005
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