
Malabo. Durante el recreo, mientras nadie la miraba recortó Africa del Atlas
de la Señorita Ambroj, con el corazón que se le salía por la boca. Ya
en los servicios, sacó el papel doblado del bolsillo del uniforme y,
escondida tras la puerta, acarició la superficie de Guinea. Del otro
bolsillo sacó el sobre, para comprobar en el matasellos que estaba
tocando la tierra acertada. ‘1 de abril de 1952’ leyó en susurros,
para sí misma. ‘Por a-vión de “Ibe-ria” V-ia Mala-bo Ma-drid. Co-rre-o
Ma-la-Bo. Gui-ne-a Españo-la’. El sello era de un negro cazando un
elefante. El elefante le gustaba mucho. Leyó su propio nombre ‘Azucena
Borrás’ y después el remitente, ‘Pascual Borrás. Malabo’. Con los
dedos recortó Guinea del resto de Africa y arrojó el bollo de papel
debajo de los lavabos después de doblar juntas el recorte y la carta
de su padre. En clase nadie la hubiera señalado. Era la niña más
callada y aplicada del curso. El Atlas nuevo lo pagaron Miguélez y
Arribia, los gamberros de siempre, además de pasarse castigados en el
aula las dos semanas más calurosas del año.

Priapo. Desnuda, tendida junto a su Priapo, no ve que la verga pierda fuelle.
‘Qué mala idea el Viagra, tanto tiempo la calentura para pasarme la
noche mirando la misma sombra chinesca en una pared’, piensa.
Vamos al hospital sugiere.
– NO -contesta él, irritado con el Viagra, con la verga, con
ella y consigo mismo- ASI NO VOY A NINGUNA PARTE.
-... ¿Te duele?
– Tú verás…
– ¿Y si me monto? Igual me entra. Digo…
– ¿Estás loca? Me duele sin tocarla, imagínate metiéndola.
– Perdona… ¿Y lamiéndotela?
– Mejor no, gracias.
Durante dos minutos recuerda el sexo de su marido en el coño,
con nostalgia de esa fugacidad que a veces le prodiga, la sencillez y
prontitud del acto doméstico. Se levanta, se viste, se moja la frente
y el cuello.
– Voy a salir un momento al pasillo a hacer una llamada. Te vendrá
bien estar un rato tranquilo.
Una pareja sale riendo de otra habitación, se besan camino de los
ascensores. Parecen felices.

Martita. Van llenando los cubos con galletas de chapapote. El viento helado
apaga las voces de los operarios de las grúas que cargan los
volquetes. Disuelve un mazapán en la boca, uno que le ha metido en el
bolsillo una pescadora gallega gorda, tierna, rubicunda, después de
colocarle bien la mascarilla, vestido ya con su traje blanco.
-Toma, meu neniño, para o choio, o azucre enche o burato. Sodes ben
boíños, ho. Mira que vir de tan lonxe. Qué desjracia máis jrande isto,
qué desjracia…
No sabe exactamente lo que quiso decirle, pero sí que le rebosaban los
ojos de una gratitud con la que nadie le había mirado antes y que al
desenvolver la golosina, sintió que estaba exactamente donde tenía que
estar, que algo bueno estaba a punto de pasarle, que había entrado en
el 2003 con buen pie.
Mira a la chica que trabaja a su lado, el perfume de su pelo consigue
disimular el olor penetrante del fuel.
– ¿De dónde eres?- le pregunta. No ha tartamudeado. Le ha salido de un
tirón, sin su habitual timidez.
Tira la galleta de chapapote en su cubo como Martita tiraba las tortas
de arena húmeda en Málaga, aquel verano, mil años atrás. Todo lo
hacían juntos. Él la imitaba como un espejo. Martita también tenía un
cubo rojo.
– De Málaga ¿y tú?-contesta ella, sonriendo.
El azúcar del mazapán baja por la garganta mientras se miran como se
miran los desconocidos que se encuentran con la sensación de haberse

La ola negra. Es su primera jornada en el matadero.
Sólo tiene que atajar la res después de que otros la cuelgan del
gancho, todavía caliente, descoletrada por el martillo eléctrico. Una
vez cogida por las patas, quieta en el riel, tiene que abrirle un tajo
en el gollete y derramar la sangre en un contenedor. Con pulso
vacilante, hunde el cuchillo, pero el borbotón oscuro le distrae, la
pezuña se le escapa y la vaca inerte de pronto cobra vida, como un
saco de boxeo, tumbando al segundo operario sobre un charco de agua
rojiza.
-¡Ostia! ¡Mira lo que haces, joder!
Se disculpa, conteniendo una náusea. Martín, el más veterano, le da
una palmada en el hombro:
-No te preocupes hijo, les pasa a todos. Lo llaman la ola negra. El
asco. Después te acostumbras y desaparece. Un día ni siquiera ves la
sangre, dejas de olerla, mueves carne y punto. Uno se acostumbra a
todo en esta vida…
Y sigue a lo suyo.
Al cabo de un par de minutos vuelve y dice:
– ¡Ah! y estos primeros días ni se te ocurra comer carne, que después
la aborreces. Aquí medio mundo es vegetariano. Tan hombretones, donde
les ves, la mayoría vive a forrajes y a lentejas. Como mi hija, que
desde que vio a ese americano de MacDonalds ¿Cómo es que se llama?
¡Peluco! ¿Cómo se llama el tío ese del documental de las hamburguesas?
Mierda, no me acuerdo. Bueno. Mi hija me ha hecho ver el documental
tres veces. Y me llama asesino. Y se ha hecho de una asociación que se
llama Peta, y dice que se va a ir a Pamplona a manifestarse en pelotas
contra las corridas de toros. De eso sí me acuerdo ¿ves? porque lo que
le digo es ‘Petas los que tú te fumas, niña. Tú no vas en pelotas ni a
la ducha. Calla y cómete el filete’.
Y ríe a carcajadas. Es un buen hombre este Martín.