– ¿Has visto alguna vez un vestido de novia ardiendo?
Me lo preguntó después del cuarto o quinto güiski. Le brillaban los
ojos. La camarera tenía un tatuaje, unas alas que se elevaban desde el
canalillo o algo así. No sé si era el cuarto lingotazo o el quinto, yo
no le quitaba los ojos de encima a las alas. Iba suelto de la lengua.
– ¿Nunca te extrañó?
– ¿Extrañarme qué?
– Que se casara conmigo, que al final me eligiera.
– ¿Quién? ¿Maite?
– La misma.
Era una pregunta de esas que cuando te las haces, estás seguro de que
son con trampa. Contestes lo que contestes, la respuesta está
condenada al error desde el principio.
– Yo qué sé, Nachito. Mira, no te ofendas, tío, pero creo que hasta a
ti te extrañó. Estaba encoñada con Fran desde los quince y de un día
para otro, en las campanadas de Nochevieja y anuncia que se va a casar
contigo por lo civil, nada de iglesia, nada de banquete y que os vais
a ir a Petra de viaje, como dos novios cualquiera. Un poco sí nos
extrañó, pero el amor es lo que tiene, supongo. Y los tíos con
suerte… porque lo tuyo, no me digas… lo tuyo es que es venir al
mundo con una estrella en el culo.
– ¿No te extrañó nada más?
– Es que no sé por dónde vas, Nacho. Venga, te llevo a casa, que
estará preocupada y vas bastante puesto ya…
Estábamos solos, la chica de las alas quería cerrar. Tenía de lija la
garganta, carraspeé y dije ‘Anda, ponme otra, guapa, la última’. Oí mi
propia voz, como la de otro. La chica me miró con cara de resignación,
sirvió y se puso a sacar vasos del lavavajillas, aún calientes. Me dio
pena. Qué quemada estaba esa tía…Voy y le digo:
– Mira, Nacho- dije. Tú eres raro. Primero dejas el bachillerato
siendo el más listo de todos nosotros y te metes en un conservatorio
por pasarte todo el día al lado de una tía que no te mira a la cara y
que pierde el culo por otro. Tu padre acaba en el hospital del
disgusto. A los dos años decides que el violín no es lo tuyo y lo
dejas y opositas a policía. Cuando Maite empieza con las giras,
decides que tienes que seguirla y la sigues hasta que pide una orden
de alejamiento. No sé cómo, te las arreglas para que la orquesta te
contrate para jefe de seguridad. Después de un concierto de Navidad
nada menos que en Sarajevo en medio de la guerra, os cae un pepinazo
en el famoso Holiday Inn, tócate los huevos, y el único de la planta
que sale sin un rasguño, aparte de ella, eres tú. Cuando volvéis a
casa, va Maite y anuncia que deja a Fran y que se va a casar contigo
en dos semanas, sin banquete, que deja la música y que estáis
esperando un niño. Algunos pensamos ‘el que la sigue la consigue’,
otros se cagaron en tus muertos. Mira Fran, es un despojo. Maite
parece que no tocó un instrumento en su vida y que nació para ser la
perfecta ama de casa. Tú no das golpe, pero el caso es que no os falta
de nada. Mira, tío, somos amigos, bastante tengo con lo mío para andar
haciéndome preguntas. Si te fue bien, cojonudo. A mí no me fue tan
bien, pero aquí estamos. Oye, tío, la chica quiere cerrar, y estás que
no te tienes. No sé tú, pero yo mañana curro.
– ¿Y si no me hubiera ido tan bien?
– ¿Qué quieres decir?
– ¿Y si tanta felicidad tuviera un precio?
– Claro que tiene un precio. ¿Qué no lo tiene? Joder, sí que te ha
dado místico el pedo, tío. Se acabó.
– Acabo de quemar viva a Maite.
– ¿QUÉ ESTAS DICIENDO, MAMÓN? Anda, no me jodas, ya está bien. Dime
cuánto es, bonita.
– Son cuarenta- dijo la chica.
– Llegué a casa, estaba escuchando a Elgar, se había puesto un vestido
de novia, uno que se había comprado en aquella época en que todo era
Fran, todo Fran, todo Fran. Elgar a todo volumen. ¿Te has fijado que
tiene la cara de Natalie Portman? Va y me dice que quiere divorciarse,
que se ha visto con Fran, que quiere irse con Fran. Entonces me acordé
de Sarajevo. Me acordé de la noche que me pasé golpeando su puerta. Al
final me abrió, porque empezó a asomarse la gente a las habitaciones.
Periodistas. Estaba infestado de periodistas aquello. Me dijo que no
me quería. Que no me querría nunca. ¿Nunca deseaste algo tanto que
todo el cuerpo te doliera? ¿Nunca deseaste a alguien tanto que no
pudieras respirar? La guerra. La guerra hace un tempo muy curioso. Los
obuses, los francotiradores, las granadas, los bombarderos, el llanto
de los niños, el silencio de los muertos. La sinfonía del horror.
¿Para qué querrían la marcha Radetzky esos hijos de puta? En Navidad.
En Navidad, tío. La marcha Radetzky es para Año Nuevo, joder.
El hombre me ayudó a levantarme, me llevó a su habitación. Me sirvió
una copa. Me trató como un padre.
¿Sabes lo que primero que hice cuando ella me abrió? Le separé el
albornoz, estaba desnuda, como si me esperara, le toqué los pezones,
era como cuando los reyes por fin me trajeron aquella bici que pedí
después de tres años. Era como si no fuera mía. Era como si me la
fueran a quitar. Me arrodillé, ella separó un poco las piernas. Yo
lloraba. Ella me agarró la cabeza, me acariciaba el pelo, tiraba de él
mientras hundía la lengua en su coño. Fue andando hacia atrás y yo,
como un penitente, siguiéndola sin dejar de chupar. Se tendió sobre la
cama, chupé hasta que se corrió. La granada pegó justo al lado. Cuando
reaccioné estaba allí, tendida, en la misma postura en que se había
corrido. Tenía la cara llena de sangre. Era un caos. ¿Sabes que
volvimos al Holiday Inn el año pasado? La fachada amarilla se ve de
lejos…
Diez años dijo el hombre. Diez años y se acabó.
Elgar a todo volumen. Parecía Natalie Portman. Parecía una chica de
Pronovias, vi una el otro día en una parada de autobús. Todas las
mujeres hermosas son ella.
Fran. Por dios, qué pudo ver en Fran. Nunca la vi tan guapa como hoy.
Dicen que ver el vestido de la novia antes de la boda da mala suerte.
Me vomitó en los zapatos. La chica de las alas me ofreció
ayuda para llevarle al coche, me limpió los pantalones con una bayeta.
De esas mujeres no quedan, Fran, te lo digo yo. No quedan. Curran como
jabatas y lo único que consiguen son babosos que les miran las tetas.
Venga, tío, anímate. Por lo menos sabes que siempre te quiso a ti.
A la última invito yo.