


En una ocasión le preguntaron a Pollock cómo pintaba, qué hacía arte del dripping sobre un lienzo. Habló de ‘Lavender Mist’ y del ‘number 32’ y
dijo que iba reaccionando a las salpicaduras, igual que un matador en una plaza de toros. Que el arte es tauromaquia, que el toro – la pintura, las palabras, la luz que hace una fotografía – deciden, justo un segundo antes que el artista, que se limita a seguirles. La belleza de una obra depende de que el artista se imponga dignamente a ese poderío. Reconociéndolo con llaneza, sin alarde.
Entra en el ruedo a lidiar la palabra inmensa, salpica preguntándote ‘este texto está vivo o está muerto’, mírala sangrar – nadie quiere a los picadores -, el sexo rojo femoral es signo de bravura en los toros mansos. Acaricia el asta feroz del tiempo tras un pase de muleta, no importa si tinta o pintura, qué más da si las agujas de la Rastra van a escribir un nombre en la carne que flanquea las vértebras: no has venido aquí para acceder tu proa de lumbre en mi bocana: uno escribe, pinta, mira reaccionando, no decidiendo, a los demonios que escapan del frasco de tinta que se presta al trance. Hazme animal soberbio para tu tarde desnuda, retumba el corazón de luz y arrasamiento, oye el aullido de los cimarrones entre los pañuelos blancos. Que no se interponga entre nosotros ningún rigor de deuda: dibuja la espalda de un hombre contra las llamas del pecho, tres franjas verticales apuntalando mi boca, un Mondrian sin color contra el azul perfecto, un mapa sumergido, hazme caer como herida por un rayo, completando así el periplo de la luz fugitiva.
Baja lentos los párpados, que la arena áspera hiera tus córneas. Clic.