Nos enamoramos de un libro dos o tres veces en la vida. Los enamoradizos y afortunados, quizás cinco o seis. En cualquier caso, las ocasiones se cuentan con los dedos de una mano.
Fue en una biblioteca, una de esas en las que todavía se pueden tocar los libros en los estantes antes de tomarlos en préstamo. 'Trenes rigurosamente vigilados' es una de esas obras por las que uno siente la urgencia de abrazar al editor, en este caso, Mario Muchnik. Apenas pasa de 100 páginas, pero todas son gloriosas. Después de 'Trenes...' cada libro de Hrabal fue una historia de amor, incluso la biografía que de él hizo Monika Zgustova. Con ella llegó el amor por Hrabal persona, el hijo de un tabernero y de una bella de larga cabellera rubia que desoló a los vecinos de Brno por raparse y teñirse a lo Josephine Baker.
A pesar de su doctorado en derecho, se movió entre la Taberna el Tigre de Oro, los cabarets, el lumpen y los trabajos alimenticios: fue oficinista, operario siderúrgico, chico para todo en la estación ferroviaria de Nymburk, tramoyista, viajante y sobre todo cuentacuentos de samovar, una Sherezade tiernísima escribiendo esperpento para aplazar la muerte. Un pícaro, un bebedor irreverente, mirándose en personajes grotescos, pero inolvidables, como en un espejo con el azogue rascado. Leyéndole -¿qué pacto tendrán los checos con los demonios de la literatura?- uno siente que la muerte es relativa y que la vida también, que todo es teatro satírico y que sólo se sobrevive riéndose a las puras carcajadas del horror, dejando de huír, yendo al encuentro de lo que nos espanta, como si en efecto, fuéramos invulnerables.
Para despertar, para que un párrafo nos agarre las entrañas y no las suelte, basta abrir un ejemplar de cualquiera de sus libros, por cualquier página. Allí encontraremos la mayor de las groserías envuelta cuidadosamente en pan de oro para trufas. Allí encontraremos la obscenidad lista para acudir a la ópera. Al corpulento (aunque delicado) jefe de estación columbófilo. Al mutilado que mueve sus muñones como una gallina decapitada la cabeza, como si siguiera corriendo, al envidiado factor Hubicka cuya proeza ha sido llenarle el culo de sellos a la telegrafista Zdenka, que juega a las prendas con su ropa y no tiene pudor a la hora de mostrar sus nalgas selladas a la policía, al sexualmente atribulado Miloš Hrma que sale del suicidio buscando un coño que resuelva sus traumas, pero no sabe cómo, a ese maquinista sensible al arte que expone sus pinturas en los andenes. A la mujer de Hrabal (hija de colaboracionistas) contando a Hrabal con sus propias palabras, como Gertrude Stein a sí misma, a través de Alice B. Toklas. A la chica que se fija la punta de las trenzas con aguas fecales, rociando a todo el mundo cada vez que gira la cabeza, al extravagante tío Pepin que aparece en sus historias adoptando distintos nombres y formas. O el hombre que le cuenta los detalles más escabrosos de su historia a una bañista en la playa. Cualquiera sirve para el propósito de tragarse el anzuelo y quedar inerme ante el genio.
La verdadera literatura, antes de serlo, es vida. Vida tomada en sus fragmentos más sucios, más cotidianos, más absurdos.
'Trenes rigurosamente vigilados' (cuya versión cinematográfica dirigida por Jirí Menzel también es un clásico) no sólo es la historia de una pequeña estación del protectorado checo en 1945, sino la alegoría de un tiempo terrible contada de tal modo que su veneno queda desarmado. Cada libro es complemento de los otros. En conjunto componen el tapiz de una mirada opulenta sobre la naturaleza humana y su inagotable capacidad para montar una fiesta en el infierno, si se lo propone, tomándose a sí misma a la ligera.