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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

‘No puedes tocarla’, le dicen, ’sólo mirarla a través del cristal’. Esas son las condiciones. Lleva seis meses en aislamiento. ’¿Dirás lo que queremos saber?’, le preguntan, ‘la próxima vez, si colaboras, la tendrás para ti’.

Ella tiene los labios gruesos, rojos, y dibujan su silueta del otro lado. Desnudo, se pega contra el cristal sin saber si la tibieza que siente es calor que pierde su cuerpo o el que ella le está prestando. Sus manos, húmedas, contra sus manos. Cuerpos en un simulacro de acoplamiento. Intuye las formas: sinuosas, rosadas, perfectas. Muslos, cintura. Pechos altos, desafiantes: los pezones escriben ‘tómame, chúpame, papito, soy tuya’. Su boca lee esas transparencias.

El chorro de esperma resbala sobre el vidrio. Puede que sienta lágrimas en sus mejillas, quizá sólo sudor. Un celador le tiende una caja de pañuelos desechables. No le mira: en prisión, la intimidad vive en los ojos. Cuando termina de limpiarse, la mujer desaparece tras una puerta pequeña. Una mujer sin nombre, un contoneo, una sonrisa aprendida. ‘Vamos’, dice el celador, ‘ya terminas luego… en la ducha’. Le abotona por detrás la bata verde y espera que se calce las chanclas tintineando sin gracia sus esposas para traslado interno.

Antes de salir, gira la cabeza para contemplar el cristal. Siempre parece la última vez. Rastros, mira. Quedan rastros. Rastros de besos como baba de caracol. Maraña sin pellejo. Un reguero invisible, inútil, que le cerca. Un recuento.

3 de septiembre de 2005
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