Seguimos a Víctor por las aceras, bajo una lluvia que sólo nos permitía vislumbrar su chubasquero azul, desdibujado por el movimiento. Leire empezó a reírse. ‘Fíjate’- dijo señalando con su linterna nerviosa la mano de Víctor- ‘no sé cómo lo hace pero ni siquiera una lluvia así consigue apagarle los pitillos’.
‘Shhh. ¿Queréis que nos cojan?’ murmuró Isa detrás de nosotros.
No sé qué le pasó. La risa aparece en los momentos más inoportunos, cuando se la necesita desesperadamente: en situaciones trágicas, en los entierros, en los accidentes estúpidos, cuando se tiene un miedo cerval o nada que perder.
Ella reaccionó a la tensión del momento riendo a carcajadas, como si todo le diera exactamente igual. Empezó a a abrazar farolas y a cantar Singin’ in the rain a voz en cuello. Se sacó el chubasquero y lo dejó tirado en la acera, como una bolsa de plástico. Un alumno me contó que en alta montaña, la nevisca vuelve locos a los escaladores y les da por desnudarse o por decir que están oyendo voces. Después del chubasquero se lo fue sacando todo hasta quedarse en pelotas, y dejó a Gene Kelly para imitar a Liza Minelli en Cabaret. Cuando la vimos en Biarritz, en casa de su tía francesa, se acostaba con Isa, y no paraba de decirle ‘Isi, eres igualita a Sally Bowles, pero en más bonita, pero qué bonita que es mi niña, qué bonita, qué bonita ’ Después le tocó a Carlos. Después a Víctor. Creía ingenuamente que amar a todo el mundo iba a protegerla y a protegernos. Yo era el próximo de la lista. No llegó a quererme, no llegó a tocarme con su pasión. Estuve en el talego apenas 12 horas.
Aparecieron los grises, nos metieron a todos en el furgón y a ella no volvimos a verla. Víctor estuvo dentro hasta que murió Franco. La abogada de oficio, una chica con el título todavía caliente, perdió los nervios y se puso a chillarle al juez: ‘Habeas Corpus: derecho de todo ciudadano, detenido o preso, a comparecer inmediata y públicamente ante un juez o tribunal para que, oyéndolo, resuelva si su arresto fue o no legal, y si debe alzarse o mantenerse. ¡Habeas Corpus! ¡Habeas Corpus!’. La condenaron por desacato, pero Leire no apareció. Los que salimos la buscamos como locos. No estaba, como dijeron, en Yeserías, incomunicada. Dijeron que la habían soltado, pero desapareció de la faz de la tierra.
Recuerdo sus pechos, pequeños, redondos, frutales mojados por el agua a la luz de las linternas. De ellos bebieron todos menos yo, el que más los había deseado. No pudimos hacer nada por callarla, ni por cubrirla, se escurría como un pez. Recuerdo el chubasquero azul de Víctor. Recuerdo que reí con ella sabiendo que era el final. Desde entonces, cuando la lluvia me encuentra de noche y en la calle me asaltan la necesidad histérica de reír, las ganas de cantar, las ganas follarme a la primera alumna que se me acerca, las ganas de llorar porque siempre me frustra, las ganas de escapar como si me persiguieran. Ese estado me dura días, me meto en casa, me quedo en pelotas, me pongo ciego de cervezas, veo películas viejas y todas
terminan pareciéndome ridículas. Leire baila para mí como en un delirio. Su blanca, diminuta silueta luminosa se proyecta contra un fondo grotesco. Finalmente el sueño apaga la memoria.
A mis alumnos les cuento el temario, de pe a pa, sin entrar en intimidades. Para qué.