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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Si alguien podía entender a Brandes era ella. Años intentando aceptar el deseo secreto, hasta que una tarde, desde la mesa de novedades de El Corte Inglés, La carta de Sagawa la atrajo, como si estuviera esperándola. ¿Cómo imaginar que al hojearlo, la respuesta iba a saltarle a los ojos de esa manera? Una excitación. Un calor húmedo trepándole desde el sexo por el vientre. ¿Cuántas veces recibe uno esa clase de respuesta decisiva?

El fondo de la portada, de intenso tono amarillo, resaltaba una imagen de soledad.

En principio fue sólo intuición, pero al minuto de leer a saltos, la palabra se convirtió en quemadura. Quería llegar, cenar un yogur, una fruta y encerrarse con llave a leerlo. La falta de privacidad de los pisos compartidos tiene esos inconvenientes; el viaje en autobús se le hizo eterno. Jamás había sentido un placer igual. Dos lecturas en la misma noche, según me contó.

Los meses siguientes fueron de locura. Todo sobre Sagawa, escuchar Too much blood de los Rolling en el discman una y otra vez. Un dato llevaba al otro, mientras la fantasía iba tomando cuerpo en su mente: bosquejos de carne desmembrada con prolijidad carnicera. Un mantel rojo, cubertería de plata, rosas de tallo largo en floreros de cristal, un olor dulzón en el ambiente, música clásica. Sus huesos, como los de Renee Hartevelt en el Retiro, como en Bois du Boulogne después de un festín de semanas.

No tenía un inglés tan fluido como para disfrutar la lectura de In the fog, el placer caníbal de Sagawa contado por el propio Sagawa. Pronto la lectura, el recuento vicioso de truculencias dejó de ser estimulante. Buscó un trabajo nocturno, los estudios quedaron al margen. Ser recepcionista en un hotel de las afueras le permitía pasar horas en la red, hozando en las cloacas. ‘Existe sólo el silencio de la muerte’. La frase copiada en los cuadernos de notas y en post its. La despidieron, su dominio de la informática no alcanzó para ocultar las indagaciones. Una revisión rutinaria del técnico dio con imágenes no definitivamente borradas. Necrofilia, sadismo. El director la llamó al despacho y mientras firmaba su liquidación, le recomendó buscar ayuda. En realidad fue amable con ella, quizás no lo hubiera sido tanto de ser hombre.

Los tugurios de internet para inmigrantes le resultaban más cómodos. Podía buscar sin sobresaltos, la penumbra la amparaba. Un hombre se corría junto a ella casi todas las noches, sin prestarle atención, absorto en videos de ‘salvajes despedidas de soltero’. Se limpiaba el esperma frotando las manos contra la ropa o la mesa de formica. El de enfrente miraba fotos de niñas prepúberes, pero quién era ella para juzgarles. En el infierno todos los condenados se entienden y si no se entienden, se respetan, guardan las distancias.

El foro dio norte a su deriva y el chat calmó la ansiedad alimentando ilusiones de consumación más o menos inmediata. No entraré en detalles. El paso de la fantasía al acto es demasiado real. Adelgazó. Litros de café, falta de sueño. Se obligó a comer. En cierto modo, todo dependía de que conservara un suave colchón de grasa sobre los músculos, un aspecto apetecible. La chica que atendía el cibercafé de los ecuatorianos le dio las señas de un fotógrafo que haría el reportaje por poco dinero, si ella pagaba el material de revelado. Un fotógrafo peruano que trabajaba en obra y que decía ser descendiente directo de Martín Chambi. No haría preguntas. Desnudos con cuchillos, con instrumental quirúrgico que robó de una tienda, en el colmo del delirio ya. Jamás había robado nada en su vida. Las fotos no eran, obviamente, de calidad profesional. Le hubiera salido más a cuenta comprarse una cámara, se hubiera ahorrado el escaneado y no se notaría gran diferencia.

El ‘novio’, sin embargo, se mostró satisfecho. Los meses siguientes fueron de típico romance. Las promesas que le hacía le provocaban euforia. ‘Digerirte, mi amor, saborear los labios de tu coño antes de tragármelos’. Una noche, tras una discusión, se fue a la Casa de Campo y se la chupó a un hombre por 30 euros, después entró en un privado para contárselo. Si no me matas tú, me voy a matar lentamente. Me voy a buscar un sida para que no puedas asarme a la naranja como sueñas. No vuelvas a chatear con esa chica. NUNCA. ¿Me entiendes? NUNCA. Él prometió fidelidad.

Tardaron tres meses más en concertar una cita, en quedar para verse. Ella subió a Burgos. Tenía que pasar una noche sola en una pensión, porque él no dispondría de la casa para la cena hasta día siguiente. Le dijo que había comprado un congelador de 365 litros. Viajó en tren. Hacía mucho frío. No la fue a buscar a la estación. Justo antes me llamó, me dijo que quería verme, que iba a contarme algo que valdría la pena publicar. Conversamos en un café hasta las dos de la mañana. Me recordó a mi hermana las vísperas de su boda. Olía a Amarige. ‘Amarige’ dije. ‘Sí ¿cómo lo sabes?’ preguntó, abriendo los ojos con sorpresa. ‘Una novia que tuve lo usaba’. Pensé ‘podría enamorarme de esta chica’. Uno siempre espera a que llegue una mujer capaz de entregar cada gramo de su cuerpo y su alma para que no le queden sobras a otros.

Somos, en el fondo, primarios, machistas, nos atrae el dolor, la apropiación absoluta.

Por qué no hice nada, por qué me amparé en la neutralidad periodística, por qué quise pensar que me estaba contando esa historia para atraer atención. Por qué me convencí de que estaba perturbada, pero no lo bastante como para intentar realizar sus fantasías, por qué decidí que era una wanna-be excitada por lo del loco de Roteburgo. Ni siquiera di la vuelta a la cinta de la grabadora. No iba a publicar eso. En redacción me tomarían el pelo. ‘¿Qué? ¿Ahora te da por el sensacionalismo barato? Esa tía lo que busca es un buen polvo. Para una vez que se te pone delante, no lo pillas.’

Al despedirnos, me entregó varios sobres acolchados. Dijo ‘por fin soy feliz’. Me dio dos besos. Me dio las gracias. Sentí una puntada dentro, tuve la sospecha de que ninguno de mis argumentos en contra de lo que pensaba hacer había sido firme. No quise ofenderla diciendo que me parecía enferma, que follar normal era igual de excitante, encontrando la persona adecuada. Unas esposas y un poco de bondage están bien, pero el canibalismo, bla bla bla.

Tengo un grave problema: necesito caerle bien a todos, necesito que todo el mundo piense bien de mí. Me trago cualquier cosa por conseguirlo. Digo lo que sea por conseguirlo. Se alejó con la sensación de haber sido comprendida y aceptada por un hombre inteligente. ‘Eres un verdadero liberal. Tenía razón cuando pensé que no me ibas a tachar de loca, muy pocos conocen el martirio de los cien pedazos’.

Me fui a dormir sin pensar qué había dentro de los sobres. Tenía que enviarlos dos días después. Así lo hice. Mi ego estaba saciado de ella: eres un verdadero liberal, eres culto, eres inteligente. Volvió a llamarme desde la pensión de Burgos. Se sentía algo sola, quería charlar. Por un momento creí que todo había sido una excusa para seducirme. Cuando colgó, me masturbé. Lo último que me dijo fue ‘Bueno, gracias por aguantarme el rollo. Ahora voy a dormir, quiero estar guapa mañana. Mira la hora que es, debes pensar que soy una pesada. Muchos besos. Cuídate.’

Me la imagino, frente al espejo envejecido del armario castellano de una pensión de mala muerte, poniéndose ese vestido caro en el que se dejó sus últimos ahorros y que describió, mientras me lo dibujaba en una servilleta. Nunca había tenido uno igual. Largo, entallado, elegante, con la espalda descubierta.

Me la imagino soñando con la mesa de gala, con el mantel rojo, con las rosas en los frascos, con unos dientes de amor clavándose en sus muslos, con su cuerpo amado media hora después de morir, tibio, aún, sus nalgas fileteándose con una hoja nueva, como una caricia.

Cuando lo leí en los titulares de otro periódico, tuve que sentarme, las piernas se negaban a sostenerme. Llevo tres semanas intentando encontrar el coraje para llamar a su madre. No sé por qué, copié las direcciones de los sobres en mi agenda. Una corazonada, quizás. Qué voy a decirle.

La cinta se corta antes del relato fuerte. Parece una conversación normal, de amigos íntimos. Ahora recuerdo que quise tocarle el pelo varias veces. Era preciosa, pero no se sabía sacar partido. El ‘novio’ ni siquiera llegó a comérsela. Lo del congelador también era un cuento. Creo que circula una cinta de la matanza por ahí. Tampoco tienen una pista firme por la que empezar. Parece que la llevó de excursión al matadero y que tardó en morir. Allí esperaban al menos dos hombres más.

Experto en informática, él sí sabía borrar las huellas. Nadie con la clase de Hannibal Lecter. Jamás tuvo la intención de comerse su hígado con habas y buen chianti. Tampoco es un intelectual contrahecho y millonario como Sagawa, seguramente sólo un hombre especializado y corriente con mente empresarial, pocos escrúpulos y mucha labia. Uno de los tantos que te cruzas a diario por la calle. No me dijo su nombre verdadero. Estoy seguro de que ella tampoco lo sabía. Si te paras a pensarlo, es una historia de amor muy triste.

12 de septiembre de 2005
yo pienso que tendrias que poner algo mas romantico y que sea una historia de verdad como esas que empiezan:un dia….... o :todo empezo…..pos na adw eso es lo que os queria decir y xq estoy to aburria jejeje
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