Fuimos barcos sin memoria, media docena de hombres soñando a bordo con la misma mujer, el frío atroz de las aguas del Norte, la sangre en cubierta de los balleneros, cuyo rastro borraron espumas de borrasca y niebla.
Fuimos las putas decanas de los puertos, que amamos borrachos y nunca supieron nuestro nombre, el acre sudor de los estibadores, la ley de los asesinos, la bendición jugosa de los naranjos para el escorbuto, el secreto sucio del sobrecargo que se ahorcó en el mástil. Fuimos el ansia y repulsión de tierra firme, el chillido tenaz de las gaviotas, Moorea, Papeete, Bora Bora, el tatuaje de lucro filibustero, el diente de tiburón al cuello en nombre de la buena suerte, el agujero de la sonrisa en la propia boca, voz triste de la que no eligió ser madre de nuestros hijos.
Fuimos ladrones de inocencia, sembradores de abandono y años perdidos, carne de los que no encontraron en el fondo, nada más que decir. Fuimos la vejez que se puso a cantar desafinando, el viril fulgor de los principios, una palabra de adiós en sus labios de pétalo, asediando el resto de las palabras, suave perfume de gardenia dando alivio a esta mugre que ya es piel.
Fuimos la Rosa de los Vientos en el limbo de la brújula, bitácora, el pacto turbio de hermandad, la flaqueza arrogante de los huidos. Fuimos bóveda azul, presencia fiel de las constelaciones, el latido silencioso de los que, pareciendo vivos, nos acompañaron, muertos.
Y al pie de ésta, sin temblar, con tinta roja de tajo, una rúbrica.