Un artista realiza una performance llamada Posición de lectura para una quemadura de segundo grado. Se expone al sol durante un período prolongado de tiempo hasta que todo su cuerpo es una quemadura, salvo en la parte de la piel en la que ha apoyado un libro. Una artista se mete voluntaria y regularmente en el quirófano para extraerse o implantarse cosas, a modo de exvotos o añadidos estéticos. Ella misma dirige las operaciones. Un ex anatomista plastifica cadáveres para confeccionar esculturas, utilizando una sustancia aglomerante de su propia invención. Un autor chino devora un feto ante las cámaras de televisión inglesas, considerando esta acción un símbolo de libertad frente al régimen de su país. Otros artistas conceptuales cuestionan valores vitales, formales y esenciales en obras cuyo eje reside en el riesgo, el dolor y las pruebas a las que someten lo único que les pertenece integralmente por derecho: su carne vulnerable, su organismo, el cuerpo con el que sienten, con el que reflejan lo que son, el cuerpo que es aquí/ahora, que les diferencia o les hace iguales, el cuerpo que es imagen, memoria, símbolo, límite, identidad, frontera entre los otros y sus propios sentimientos, el cuerpo que exponen a estímulos imaginarios o reales y a la producción arriesgada de metáforas. El peso, el volumen, el lugar ocupado, lo mirado, lo que ve. El cuerpo que rara vez es respuesta, el cuerpo que interroga, causando ansiedad o atracción morbosa en el que mira.
Deja que el peligro te concentre en el ahora, dice Marina Abramovic mientras la flecha de Ulay apunta a su corazón o es asediada por las cuchillas de una caja de cristal en la que resiste sin comer, ni dormir hasta que el espectador detenga el suplicio. Deja que el peligro te concentre en el ahora, dice mientras cepilla una calavera o se graba una estrella en el vientre con bisturí. Deja que el peligro te centre en el ahora.
¿Cuánta sangre puedes perder hasta que alguien sepa determinar con exactitud lo que quieres decir, lo que necesitas expresar, hasta que alguien comprenda? ¿Qué sentido se le dará a tu purificación ritual? ¿Se considerarán arte la laceración, la flagelación, la exposición terminal al frío, los 2000 kilómetros a pie por la muralla china para separarse? ¿Se valorará como materia preciosa la carne lastimada? ¿Se liberará un trauma al crear una imagen que permita sellar el pasado, impidiendo así que vuelva a repetirse?
Participan dos en este juego: el artista con su cuerpo –que goza, que sufre- y el espectador –que se excita, que se conmueve, que se irrita, que piensa, que siente- con el suyo. Entran a tallar el poder, la propiedad (cuerpo como algo mío y como reflejo), los instrumentos de dolor que pueden o no usarse, el tiempo en el acto que sólo ocurre una vez, la sangre, el erotismo, la violencia. La tentación de herir, la fantasía de ser heridos, de dominar el propio cuerpo y el ajeno, de someterlo, de señalarle límites para así controlar el temor primario a la desintegración, al desparramo y a la muerte. No tememos lo que ya ha ocurrido, ni lo que está ocurriendo, sino lo que ocurrirá. En el cuerpo como objeto de arte es el futuro lo que se anticipa. El futuro escenificado.
Durante el proceso se rompe también con lo establecido, se pone a prueba el alcance del prejuicio y la censura, se propone una subversión ideológica. Las autolesiones y las automutilaciones han de contener un mensaje, de otro modo el cutting de las adolescentes borderline, la cirugía estética compulsiva, la vigorexia, la anorexia y las prácticas sadomasoquistas entrarían dentro de la categoría de arte.