Clasificar y estructurar la información permite VOLVER a acceder a ella más deprisa, sobre todo si es mucha cantidad de información. Ahorra tiempo, aunque reste espontaneidad en apariencia.
La estructuración gráfica, sintetizada y simplificada de la información sí favorece la emergencia de nueva información asociada (árboles conceptuales, organigramas) permiten que el cerebro derecho (autor intuitivo), el cererbro izquierdo (artesano organizador) y cuerpo lalloso (el árbitro que impide el bloqueo y facilita el diálogo y negociación entre ellos) funcionen en estado de flujo.
Otra cuestión muy diferente es que estas facilidades atrofien los procesos creativos (adquisición y acumulación de información intuitiva por lectura, tormenta de ideas, bibliomancia, serendipia, impulso seguido de edición, selección, crítica, eliminación, agrupación, síntesis) que como procesos SUCESIVOS, nunca simultáneos, consiguen la asociación creativa de ideas en nuevas y más depuradas capas de información).
Todo pensador, escritor, científico o estudiante, y si me apuran, toda persona que quiera mantener el cerebro en estado decente, debería tener cuaderno de trabajo (lápiz y papel), practicar la bibliomancia (apertura y lectura de libros abiertos al azar), la tormenta de ideas, el trazado de árboles conceptuales, afrontar problemas por escrito, ejercitar la constelación de palabras, espacializar los conceptos en cuadros, gráficos y esquemas, hacer pequeños ejercicios de escritura automática, hacer crucigramas y sopas de letras con regularidad.
Si el ordenador o Google o la calculadora ahorran tiempo a costa de hacernos tan tontos de desdeñar un libro para elegir su versión digital o debilitan la capacidad de leer productivamente, el talento de los ojos para buscar por sí mismos, la memoria para localizar algo ya leído, el hallazgo sorpresa de lo nuevo en lo viejo, el cálculo mental, la orientación espacial, estamos perdidos.
Yo he aprendido a organizar mi escritura y mis territorios de papel, utilizo buscadores y herramientas virtuales, sigo haciendo de celestina entre mi cerebro izquierdo y mi cerebro derecho, ordeno el disco duro, favoritos y documentos una vez a la semana, sé exactamente dónde buscar en mi biblioteca, sigo haciendo uso de índices e índices temáticos, pienso sobre papel, tengo ficheros a la antigua usanza, hago listas, escribo orgánicamente (siempre con pluma sobre cuaderno pautado, poniendo el cuerpo, manchándome los dedos), leo dos veces, una por placer y otra para extractar, tomar notas y copiar citas, empleo post its reales y virtuales y encuentro que el digitalizar mi material analógico es también una tarea creativa que ha multiplicado exponencialmente mi productividad y mi memoria.
Es el TIEMPO y su administración, la utilización inteligente de las nuevas herramientas y no el cambio de unas por otras, los que nos hacen más eficientes pensando o creando.
El método debe ajustarse al momento, al tipo de necesidad, a la función, nunca convertirse en muleta.
En la era de la infoglotonería, el coleccionismo y la adquisición compulsiva de todo lo imaginable, la clasificación es necesaria para no ahogarnos en un mar de datos, como también lo es recordar (POST THIS, POST IT, POST IT) que corremos el riesgo de morirnos de hambre de conocimiento por malabsorción crónica. Como los grandes obesos que padecen anemia y avitaminosis.
Quizás no estemos preparados para asimilar este atracón y debamos volver a la frugalidad y a la lentitud (organizar, discriminar, elegir) para que volvamos a un estado de conciencia, al menos, de que estamos siendo controlados por lo que creemos controlar.
Estoy contenta de no haber abandonado mis cuadernos, de tener un callo de escribir en el dedo corazón, de ser ordenada y de tener una relación saludable con internet y las nuevas tecnologías.
Emplear el tiempo en borradores, en libretas, en pasar a limpio nunca ha sido una pérdida de tiempo.
Cada vez trabajo menos en Internet, pero mejor.
Hago servir los milagros de la técnica a mis intereses, pero asegurándome de poder seguir viviendo sin ellos, sin luz, sin prisa, en caso de apagón, catástrofe o naufragio en isla desierta.
Tal y como va el mundo, más me vale.
Creo que no quiero que nadie, ni personas ni máquinas, hagan por mí lo que puedo hacer por mí misma.
La invalidez y la dependencia me asustan,