‘Tócame, Hugo. Tócame, por favor’. Te arrimas a ella con la cautela con que se toca un papel muy viejo, temiendo que al tocarlo se desbarate en una nube de polvo. Tiene los pies muy fríos y las manos huesudas. Haces una cuchara, los huesos de sus nalgas contra tus muslos, como si estuviera sentada sobre tu regazo. El pecho le sube y le baja, con estertor, como si lo aplastaran gruesas planchas de acero, como si el aire viniera de muy lejos y tardara en llegar. Acaricias sus caderas con la mano amplia, ella te la agarra con sus dedos nerviosos, haciendo ademán de bajarse las bragas. Dudas; balbuceas algún ‘pero’ casi inaudible; la ayudas; parece querer saltar de la cama y ponerse a chillar. Sabes que está llorando de frustración, de deseo, de rabia. Cuando hace eso se te parte el corazón; el llanto esquiva las flemas; con un tremendo esfuerzo las cuerdas vocales reproducen el sonido como el resuello de un animal fatigado. ‘No deberíamos’, dices; le besas el pelo, le besas la mejilla.
Levanta la cadera para que sigas llevando las bragas hasta los tobillos, estiras el brazo para sacarlas del todo, levantas la camiseta de Minnie Mouse que se pone para dormir con la sensación de que estás con una niña en la cama, con la culpa de estar con una niña en la cama. Acomodas tu sexo entre sus nalgas exiguas, quizá con eso baste para que se tranquilice y se duerma, pero lo toma en su mano y te masturba lentamente, y cuando te nota lo bastante empalmado, se incorpora, apoyándose en el codo, siempre de lado, e intenta orientarte hacia su coño, y tú, que no sabes qué hacer, tratas de evitarle más esfuerzo, empujándote a ti mismo dentro de ella, la quieres tanto, la deseaste tanto… Pero ahora el placer es suntuario, es vida que se gasta. Parece que te adivinara el pensamiento, lanza su culo, su coño contra ti, como si quisiera empalarse o clavarse un cuchillo, kamikaze, suicida, y te mueves para que no quiera moverse más, la penetras con sigilo, como si caminaras por un bosque a oscuras intentando esquivar la atención de las alimañas con el crujido de la yesca bajo tus pies. Te empujas dentro del cuerpo que amas aunque lo que amas ya no esté allí, del aire que entra sale la mitad y vuelve a entrar la mitad de la mitad y a salir la mitad de la mitad. Jadea con estertor, quiere ser la mujer que deseaste, que una vez quisiste, ser más que esa lástima, ganarle a la muerte por una cabeza, morirse en ti, morirse atendiendo ese misterio.
Lames de su nuca el sudor salobre de un fantasma que emprende la fuga. La risa ahora cuesta un esfuerzo titánico; creíste que podías con todo porque no podías vivir sin ella, que el amor iba a hacer un milagro. Sus largas piernas de gamo huyendo de tus cosquillas.