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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura
7 de junio de 2005
Me viene a la mente una fotografía de A. de Dienes, una fotografía de Marilyn de los años 50, un backstage en la que puede palparse, en los ojos y sin maquillar, una abrumadora tristeza.
He visto miles de fotos de Marilyn, saltan desde cualquier escaparate de todas las ciudades del mundo, sin embargo esa, en concreto, jamás se borró, como no se borró la Marilyn de Eve Arnold que leía el Ulises ni la cruzada en sangre de Bert Stern ni la Marilyn de la playa de Santa Mónica que detuvo George Barris no mucho tiempo antes de su muerte. Cálida, cromogénica.
Se trataba de encontrar una sustancia transparente que suspendiera y arropara la imagen, una sustancia fotosensible, suntuosa, sensual. Gelatina y plata para hechizar al tiempo. Así se inventó la fotografía.
Ahora, no sé por qué, me acuerdo de ‘le manege de monsieur barre’ de Doisneau y del pecado original y de Marilyn otra vez en el aeropuerto de Chicago, con las bragas visibles, arreglándose el pelo y del pathos de la añoranza que dijo Susan Sontag.
Y comprendo de pronto, por qué no conviene guardar ciertos momentos si no es en la memoria, que siempre muta, que siempre está en movimiento. Proyectamos lo que somos en el otro como una diapositiva arrojada por la luz del proyector desde la oscuridad.
Entre ciertos pueblos que han sobrevivido a la transculturación se dice que una foto atrapa el alma del fotografiado.
Quizá sea verdad, después de todo.
No todo el mundo está preparado para aceptar que la epifanía no volverá a repetirse.
Los seres humanos somos insaciables. Siempre queremos más. La magia le ocurre a los que todo lo dejan ir. A los que jamás pecan de posesión o de avaricia.
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