De pequeña oía hablar a mi padre de los avatares de su expedición al Hielo Continental. Los paisajes blancos tienen la capacidad de hipnotizarme más que ningún otro en el mundo.
Anoche volví a ver Zero Kelvin, que aunque está ambientada en el polo opuesto (Groenlandia años 30), es como una cuchillada de cristal en el corazón.
Es extraordinario el modo en que la belleza absoluta, la devastadora fuerza de lo puro puede embrutecer y enloquecer tanto como la mugre.
Igual que no podemos respirar en una atmósfera demasiado limpia, de vez en cuando, ante pasiajes así, hay que apartar la mirada para que no nos lleve, por contraste a la parte más oscura de nosotros mismos.