el florido byteTOP 100 WEBLOGS .
edición nimage : 21 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Adolfo Ramírez: 'Recorrer el laberinto es pensar (y escribir es una forma de pensar, ¿recuerdan?). Sabemos de antemano que hay un minotauro, un monstruo. Esto no quiere decir que no haya una expectativa sobre él y por ende una sorpresa de encontrarlo: no conocemos su rostro'.

13 de julio de 2005
Borges subrayó que laberinto proviene del griego lábrys. Hacha de doble filo.
Cualquiera que observe con detenimiento un corte transversal de la materia gris en la que todo saber se almacena, tras pasar por el filtro de los sentidos, intuirá que el verdadero laberinto es la mente, que todos los demás son metáfora de uno solo y el mismo.
Palpamos sus paredes metafóricas, temiendo a una bestia que ruge de hambre en el fondo.
El amor de Ariadna y su hilo. Las miguitas de pan en el trayecto. La oscuridad absoluta que es la certeza de que por mucho que leamos, pensemos, amemos, viajemos, follemos, nunca será suficiente para alimentar al insaciable.
La paradoja es que si dejamos de movernos, si dejamos de buscar la ofrenda que se le debe, sale y nos devora antes de que podamos hacer nuestro el tesoro que guarda.

De mi minotauro sé que está saciado de artificio y que quiere la carne cruda y desnuda.
Someto cada palabra a violentas transformaciones sólo por complacerle.

Decir cada día, decir más, más puro, mejor, descargando el hacha implacable sobre lo que fui.
http://www.vh.org/adult/provider/anatomy/BrainAnatomy/Ch5Text/524.jpg
mi minotauro, en verano parece, se templa en su cuerna perozosa; en la testa de mor umbría, el lábrys, y las letras, duermen sus sueños de agujas, que son como cunas, y son velas, pero son también olvido.

abanto de gracia, bufero en la canícula, al embiste remiso calamochea; corretón en la brisa, carga con espejismos a la noche sus aplomos; como huero en un desierto triste, sin chiquero, en su nada celosa, en eso, y en beber, el encaste distrae.

‘gañafón al chiringuito que ya tarda, morlaco’, digo, y ya con mochazo servil, aliado tras el tajo, a la querencia de una barra va, sin pudor ni ley, que en verano allí, dicen, las copas las enciende una mulata de libro; ‘un “meninjito”, guapa’, dice él, ‘que el ron es laberinto en más enjuto para tanta ausencia’; y a mí: ‘ven, que yo invito’, pero antes de oir, aún antes de parar y mandar, sorprendida aún por el decir de mi cornúpeta parlante, a la chicuelina y con voz de luces, digo: ‘y las hierbas nos hartes de tu jardín, princesa, sean esas tan buenas o las otras más bizarras, que de puyas y cornadas, al alimón, vamos ya los dos servidos’; y allá que voy yo con él, mi vago minotauro, al laberinto sin clarines de esa arena extranjera, que una mujer vale una vida, plagados hasta las trancas de cuernos y cornadas así ambos surtidos, y de papeles en blanco, y de embustes embestidos al frío relegados, con labias por estocadas, para ver y querer de hacer, con él o por él, a la negra dulzura ésa que aún voletea como chispas sus ojos, primero, faena aliñada, pulcra, entendida, después, arte de magín, en nada pluma, o papel con memoria, y sí, cuando llegue la noche honda, sin alardes, cuando la autoridad de sus ingles con suerte lo invite y a poco lo permita, por fin, corrida.
Ohhhhhhhhh.
En el círculo ardiente, sábana, arena blanca, recuerda la turbada carne mamífera, el gesto deshilvanado por qué tú, por qué ahora, roza el peligro, roza el abismo, insunúa, gula, lujuria, envidia retrospectiva de quienes probaron antes, con urgencia supitaña y deseo tolondrón la hondura de tu estoque. Vienen, con pantalones cortos ciñendo a fuego la bella carne imaginaria, interpretando dulce la música de la memoria, empapando barroco los manteles carnívoros. Ven, tengo ganas, incrústate rabioso, que me empape bien tu leche desidiosa para el postre, soy la carne perfecta para tu bestia, soy surco adivinado por tu vertedera, légamo caliente, lomo dorado como veta para un orífice. Entonces qué, silencio a las seis menos cuarto, bajo un sol de justicia, glorioso corazón escapando de la boca, crúzalo, besa más abajo, ahí, entre pitones, donde la arteria es tupida.
jajaja
Poniéndonos serios y previo recogimiento nocturno, recordar a Vila Matas niño toreando con afán una cabra disecada. Gracias a su sensata decision de renunciar el sueño de ser torero, ahora gozamos del escritor que se adentra en el laberinto de los Bartlebys.
Qué razón, Adolfo Ramírez, qué razón. Siempre se sacrifica algo en el camino. En el ruedo o al fondo de Minos a la izquierda, o en nuestras propias cabezas. Qué más da. El alma que escribe se vende al diablo. Generalmente se trata del Uñas, el diablo usurero y nudista, porque el Diantre, el de los pobres, está molido a trabajar y al Putas, el de los arrieros, le caen mal los escritores.

Duerman bien.
Estúpida la luz que repucha en la piel mi sombra sobre tu nuca, la tolvanera de mi boca que enroca su labio al desliz de tu cuello, como fragua marina, húmeda y voraz, la boca que solo se alivia en la hondura de tu ingle abierta, mi descalabro de boca, su lenta mordida que separa y redime tu carne negra, atenta, pulsada, la lengua que escribe, el aire que clama.
Hay después del ron una duna viva. Bajo los pies el cuarzo aturde la noche volcada; caderas en maremoto, revuelo de tu camisa, voltear del pañuelo que se creyó tu falda, a lo lejos, en el bar que es entonces imposible, aún muge el artificio del nombre que no me diste, las promesas que no te di pues nada es preciso prometer cuando no se sabe mañana.
De bragada en plata, boyante, tibia al beso maulón, flaco y atrevido, ahormada en nada a la carne que ya es en ti la desmemoria, a esa nada que fuimos, dulce danza del laberinto, pérdida, llegada: ronca testuz de la fiera que más allá, borracha y ciega, la estúpida luz aguarda.
Si quieres corregir corrige, no tientes, entra a saco, pon la coma, todo es fase larvaria, empellones, escozor, el bulto de verbos te pertenece, pásale la lengua lamedora, pásale la lengua ensalmadora, pásale caricia de relente o cuchillo se te encapricha. Una coma belemnita, piedra de lincurio, qué es quererse al fin y al cabo, escaramuza amorosa, hurgarse hasta la desolladura, relámpago de fósforo, una engañifa detrás de otra, coyunda, correa para la abarca, cuajarones obnubilados sobre un papel, pupa en la larva, raigón en el pecho que lo revienta, brama hasta el paroxismo.
Qué haces a estas horas en el chiringuito, engolfando la fantasía pudiendo meterle asta a la carne fresca, qué haces bebiendo meninjito pudiendo beberte hasta la médula de lo que ya se te ha ofrecido. Demasiado tiempo de fiebre subterránea, demasiada luz de lampadario, que se mueven las horas a descabello, que no reconoces regalía en el verso ni ocasión en la desmesura.
Esperaré bajo el neón como puta por cuenta propia.
Cuando termines.
Ronca la fiera. Silba. Berrea el sueño. Esclavo soy a desmayo de sol. En la puerta del bar, otra vez, calando pulsos en la sien, los bajos sutiles, citando su oscuridad con párvulo genio, su olor de orín y hueco, el polvo de sus pezuñas temblando sobre el timbal del coso, la red aérea de su baba si despereza resaca o vomita la memoria.
Minotauro hambriento que no esquivo, minotauro que soy.
la ficción es un laberinto que defiende un minotauro que dibuja un laberinto. amamos ese monstruo que tememos. lidiamos los pitones que construyen los caminos; las luces no circundan la taleguilla: iluminan los huecos desde la testuz cetrina, la cabeza desbocada, desde sus velas blancas de hueso astillado que bufan ocultas en cada recodo.

en el laberinto, tanto miedo hay delante de cada paso como detrás. no hay memoria, cada ficción recrea el territorio; la experiencia conserva sólo los vagos destellos de las técnicas elementales: la ortografía erecta, la sintaxis digestiva, el oxígeno en un remolino de la híbrida semántica.

el minotauro espera sabiendo que es nosotros, que cada vez que internamos el magín en los vericuetos de su casa, crece su linde en fiera mejor, en bicho más gigante, y teme, tanto o más que nosotros, ser alguna vez en nosotros reconocido.
no es posible huir del minotaruro, ni lo es sobre la piel de una muchacha ni se olvida en sueños ni se diluye en ron o en las huellas de los otros.
lo vela el dolor físico, pero no lo espanta. quizá la risa haga más lejanos sus ecos, pero también en ella la fiera hila sus derrotes como quien teje una red, o una cuna, que presos así somos de sus afectos.
Imposible huir de lo que somos, de lo que nos construye.
Retirar un ladrillo sin que caiga el techo sobre nosotros.
Decir no a lo que es sí rotundo. La palabra que nos confirma. La que nos arrastra como gamo inerte por los pasillos a lo que pensamos oscuro y al final es luz.
Walter Benjamin: el laberinto como patria del que duda.
El zen: a pequeña duda, pequeña iluminación. A gran duda, gran iluminación.
Quizás lo que guarda el Minotauro sea la perfecta pregunta que lo responde todo, respondiéndose a sí misma.
comenta

'nombre', 'correo' y 'comentario' son campos requeridos.

nombre

correo

página web