mi minotauro, en verano parece, se templa en su cuerna perozosa; en la testa de mor umbría, el lábrys, y las letras, duermen sus sueños de agujas, que son como cunas, y son velas, pero son también olvido.
abanto de gracia, bufero en la canícula, al embiste remiso calamochea; corretón en la brisa, carga con espejismos a la noche sus aplomos; como huero en un desierto triste, sin chiquero, en su nada celosa, en eso, y en beber, el encaste distrae.
‘gañafón al chiringuito que ya tarda, morlaco’, digo, y ya con mochazo servil, aliado tras el tajo, a la querencia de una barra va, sin pudor ni ley, que en verano allí, dicen, las copas las enciende una mulata de libro; ‘un “meninjito”, guapa’, dice él, ‘que el ron es laberinto en más enjuto para tanta ausencia’; y a mí: ‘ven, que yo invito’, pero antes de oir, aún antes de parar y mandar, sorprendida aún por el decir de mi cornúpeta parlante, a la chicuelina y con voz de luces, digo: ‘y las hierbas nos hartes de tu jardín, princesa, sean esas tan buenas o las otras más bizarras, que de puyas y cornadas, al alimón, vamos ya los dos servidos’; y allá que voy yo con él, mi vago minotauro, al laberinto sin clarines de esa arena extranjera, que una mujer vale una vida, plagados hasta las trancas de cuernos y cornadas así ambos surtidos, y de papeles en blanco, y de embustes embestidos al frío relegados, con labias por estocadas, para ver y querer de hacer, con él o por él, a la negra dulzura ésa que aún voletea como chispas sus ojos, primero, faena aliñada, pulcra, entendida, después, arte de magín, en nada pluma, o papel con memoria, y sí, cuando llegue la noche honda, sin alardes, cuando la autoridad de sus ingles con suerte lo invite y a poco lo permita, por fin, corrida.