La irreverencia y el juego es el seguro de vida del idioma,
las cosas (las palabras que las nombran) sólo mueren por falta de uso, las demás se transforman, se hacen a sí mismas como los anillos hacen al árbol.
Las primeras palabras que fuimos a buscar al diccionario por propio deseo fueron las raras y las sucias y finalmente, las del amor.
A las palabras les gusta que les den la vuelta, que las cojan del rabo (chillen, putas), que las azoten, que les den azúcar en la boca a las rejegas, que las inflen como globos, que las pinchen, que les sorban sangre y tuétanos, que las sequen, que las capen, que las pisen y les tuerzan el gaznate, que las desplumen con arte de cocinero, que las destripen y las arrastren, que las hagan tragarse todas las palabras. Nos lo dijo Octavio Paz.
Yo tengo por vivir todas las palabras que nunca te dije.