El misterio Shakespeare es como una de esas leyendas urbanas que no logran probarse, por muchos indicios aparentes que se tengan. También se atribuyeron sus obras a Christopher Marlowe y se dijo que sus últimos manuscritos de legado (ya en Stratford) eran para hacer una pira con ellos, pero todos perdemos facultades con la edad, es nuestra naturaleza. En los tiempos de Shakespeare, los hombres acababan intoxicados de metales pesados y por los remedios para las enfermedades venéreas y la calvicie. La expresión ‘mad as a hatter’ viene de la demencia causada por el mercurio que se empleaba en la fabricación de sombreros y en pócimas de todo tipo. Shakespeare tenía los sesos ablandados de mercurio al final de sus días, lo cual no justifica la teoría según la cual su mediocridad crepuscular desmiente su genio de juventud.
En la tarea de hacer a Bacon y a Marlowe autores de Shakespeare colaboraron Twain y Hawthorne entre otros.
Borges (defensor de Shakespeare) recordaba una cita de Huxley en la que se decía, más o menos: ‘todos los hombres y todas las mujeres que han sido y serán están en la obra de Shakespeare’. No deja de ser hasta cierto punto natural que se den una sensación de familiaridad en la lectura y odiosas o no siempre odiosas comparaciones.
El Ser o no Ser en cuanto a la identidad del autor de esta obra no terminará nunca, si antes no lo hace la envidia,
que es como los hierbajos de las banquinas, nada puede con ellas. Pero tampoco acabarán Hamlet, ni Macbeth, ni el mercader de Venecia. De eso estoy segura.