Me enamoré de un hombre que de lado, enfrascado en sus correcciones y con gafas, era clavadito a Raymond Chandler.
Siempre sentí la necesidad de pedirle (en gallego hubiera sonado muy particular) “Por favor, di ‘Me miró como si yo hubiera salido del océano con una sirena ahogada bajo el brazo”. No lo hice porque no tiene la voz de Bogart y porque me hubiera preguntado a qué venía eso.
Demasiada complicación añadida a la amorosa.
Ahora lamento no haberme dado ese gusto, aunque hubiera tenido que dar razones de por qué a una chica intelectualmente pija le gusta tanto la novela negra (Hamett más que Chandler, pero ese es otro tema).
Nunca quise ser Laureen Bacall.
Chandler empezó a escribir seriamente a los 45 años.
Apuntes al margen.