La carta del marqués de Queensberry a su hijo (Lord Alfred Douglas, ‘Bosie’, amante de Wilde) no pudo ser más explícita: “Tu intimidad con este tal Wilde debe cesar o me veré en la obligación de desheredarte y cortar todo suministro de dinero. No voy a tratar de analizar esta intimidad y no hago acusaciones; pero en mi mente posar como una cosa y ser esa cosa son igualmente malos. Con mis propios ojos los he visto a ambos en la más lasciva y repugnante de las relaciones, según pude deducir de tus modales y tus gestos. Nunca en mi vida había visto algo tan horrible. Con razón dice la gente lo que está diciendo. También me han llegado noticias de que Wilde se está separando de su esposa ya que ella lo acusa de sodomía y otros crímenes, aunque esto bien puede ser falso. ¿Es eso cierto o no sabías nada al respecto? Si llego a saber que es verdad y el asunto se vuelve público, me sentiré en todo mi derecho de dispararle [a Wilde] apenas me lo vuelva a encontrar.”
Cuando Wilde dio con sus huesos en Reading por protegerle, Bosie, que era la falta de escrúpulos en persona, renegó de él. Fue del dolor de la traición que se destiló, con genio e ironía, lo mejor de la obra de Wilde.
Auge y derrumbamiento. Pasión irracional, fidelidad a sus propios principios. ‘No existe tal cosa como un pensamiento moral o inmoral. Sólo hay emociones inmorales. El placer es la única cosa por la cual uno debe vivir. ¡La felicidad no! ¡Sobre todo nada de felicidad! ¡El placer! Hay que preferir siempre lo más trágico.’
Con qué placer se le lee.
De pequeña, el primer cuento del que me enamoré fue el Ruiseñor y la Rosa. Lloraba como boba al leerlo, pero lo leía todos los días con sumo placer, como buena masoquista.