El ensayo de la muerte termina haciéndote madurar.
El cerebro no reconoce lo real de lo imaginario.
Vacías la bañera, guardas el cutter, enchufas el deshumidificador, lloras un rato, respiras hondo, calculas el próximo paso y finalmente, tras repasar el guión de la escena sabes que en realidad tienes miedo a la vida, a que todo vaya bien y a que lo bueno se acabe.
En los suicidios imaginarios se intenta acabar con el saboteador, con la voz kafkiana que suelta su bilis sobre las cosas.
‘No lo jodas esta vez, no lo jodas’ piensas.
O ‘Se acabó, estoy muy cansada’.
Si tienes un par, después de haber ido ya muy lejos, después de unas cuantas intentonas y unos mil ensayos virtuales, decides hacerle caso a la doctora aquella que te dijo ‘antes de matarte haz lo que más miedo te dé hacer’.
Lo comprendes años después de aquel doble lavado de estómago: en realidad el monstruo es el pánico a te quieran de verdad cuando tú no te quieres, a que te deseen a pesar de que no sientes deseo alguno por ti misma, a que la tragedia se vaya por el sumidero dejándote desnuda, piel vacía.
Algo cambia con los años.
Te das cuenta de que no va a cambiar lo esencial.
Sencillamente aceptas que nada es perfecto.
Y tú menos que nada, menos que nadie.
Que la felicidad es un cuento, que sus hilachas son lo que conquistas a mordiscos, a arañazos, al compás del deseo egoísta. Que por cada sí van a ser dos no. Que el amor romántico dura un suspiro. Que la respuesta no está en lo que consigas, sino en lo que no te haga falta conseguir. Que nadie te va a dar más porque lo des todo y que cuando das, en realidad es a ti misma.
Y que des o no des, al final lo pierdes todo.
La serenidad era esto, piensas.
Es mejor así.
La muerte, ese fantasma sonríe, te hace una seña: ‘Pásalo bien, nos vemos, niña’.