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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Una temporada en el Infierno: Clásicos impublicables. Así crece la incultura en Caína: 'Espoleado por Eduardo Allende, Javier M., Carlos and co. me tomo la libertad de avanzar una docena de clásicos imprescindibles que ----a mi modo de ver----, llegados por correo, firmados por autores desconocidos, no encontrarían editor en Madrid o Barcelona, hoy, por razones de palmaria evidencia'.

30 de julio de 2005
Hay tanta gente publicando en vez de escribir.
Hay tanta gente que parece tener días de 48 horas.
24 para el croqueteo y 24 para sabediosqué.
Sigo creyendo en esos clásicos impublicables.
Es de bien nacidos ser agradecidos. De ellos lo he aprendido todo.
Por suerte siguen existiendo editores suicidas que piensan más con el pálpito que con el bolsillo.
Sigamos imaginando y supurando tinta a cuentagotas, pues.
es el estigma: publicamos marcas, no autores. el consumidor-lector exige seguridad en el producto: compra lo ya conocido: quiere correr pocos riesgos.
el mercado editorial se basa en la expectativa de un lector que no quiere emplear su escaso tiempo en algo que no le guste.
obliga a los escritores a duplicar el estilo, los trucos del oficio: fieles a una imagen ya creada, como Benetton, presumibles en la calidad, como el Corte Inglés, adecuados para cada momento, como mil zapatillas Nike.
si como lector he disfrutado algo es la sensación de aventura que produce levantar la tapa de un libro totalmente desconocido.
todos y siempre escribimos la misma historia. por eso leo noveles. por si acaso.
Escribió Rodrigo Fresán:

“No me parece casual que el mecanismo de un libro sea similar al de una puerta. El de un ordenador —con todo lo bueno que tienen para ofrecer los ordenadores, me apresuro a aclarar— es, en cambio, el de una ventana cerrada que nos ofrece nada más y nada menos aquello que es capaz de atrapar dentro de los límites de su marco. Los ordenadores nos obligan, siempre, a quedarnos del otro lado. Un libro, en cambio, se abre para que nosotros entremos en él y vivamos ahí adentro, para siempre aunque lo hayamos terminado de leer hace años. Porque si bien nosotros podemos haber terminado un libro, un libro nunca acaba del todo de leernos a nosotros. Y así vuelve una y otra vez, diferente y siempre útil, a lo largo de nuestras vidas. Y buenas noticias: los libros nunca se acaban, siempre hay otro libro que leer. Y, cuando llega la hora de irse al otro lado, el mapa de nuestras lecturas acaba constituyendo una suerte de biografía alternativa pero más que fiel de nosotros mismos. Un ADN de papel y tinta con el que —si hay suerte— estará construida la trama de nuestro particular Paraíso.”

Yo creo que escribir un lugar habitable lleva tanto tiempo como construir una casa sólida. Escribir en serie es construir una casa provisional y muy precaria, como la del cuento de los tres cerditos.
‘que las obras se defiendan solas’, dijo uno que sabía. debería ser obligado publicar en anónimo, o con un seudónimo nunca repetible.
los egos croquetiles se calmarían, las historias serían relevantes, los estilos, cada vez, una sorpresa.
y mira: no respetar lo que fuimos, saltarnos nuestra debida fe, la libertad de escribir cada texto como si fuéramos nuevos esa otra vez.
los nombres son palabras que pesan demasiado. hunden.
Sí. Benet tenía razón.
¿Quién tiembla en el folio blanco?
Se ha de merecer el libro que a uno le escribe.
Sí, un pseudónimo nunca repetible, en forma de código de barras. Pero no mezclemos la vanidad de la autor con la codicia del editor. Para lo primero, el gran Monterroso propuso la solución perfecta: No debería permitirse a ningún autor publicar un segundo libro hasta que no fuera capaz de demostrar que el primero era lo suficientemente malo como para merecer una segunda oportunidad.
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