Escribió Rodrigo Fresán:
“No me parece casual que el mecanismo de un libro sea similar al de una puerta. El de un ordenador —con todo lo bueno que tienen para ofrecer los ordenadores, me apresuro a aclarar— es, en cambio, el de una ventana cerrada que nos ofrece nada más y nada menos aquello que es capaz de atrapar dentro de los límites de su marco. Los ordenadores nos obligan, siempre, a quedarnos del otro lado. Un libro, en cambio, se abre para que nosotros entremos en él y vivamos ahí adentro, para siempre aunque lo hayamos terminado de leer hace años. Porque si bien nosotros podemos haber terminado un libro, un libro nunca acaba del todo de leernos a nosotros. Y así vuelve una y otra vez, diferente y siempre útil, a lo largo de nuestras vidas. Y buenas noticias: los libros nunca se acaban, siempre hay otro libro que leer. Y, cuando llega la hora de irse al otro lado, el mapa de nuestras lecturas acaba constituyendo una suerte de biografía alternativa pero más que fiel de nosotros mismos. Un ADN de papel y tinta con el que —si hay suerte— estará construida la trama de nuestro particular Paraíso.”
Yo creo que escribir un lugar habitable lleva tanto tiempo como construir una casa sólida. Escribir en serie es construir una casa provisional y muy precaria, como la del cuento de los tres cerditos.