Una tarde, a la puerta del supermercado vi a un hombre con barba, pidiendo. El corazón se me desbocó porque de lejos se parecía a mi padre. Cuando estuve cerca me pareció el doble de Macedonio Fernández en esa foto que circula por ahí en que tiene aspecto triste y asustado.
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Nos miramos, le di todo lo que llevaba encima, era bastante, pero no me pareció suficiente. No quería que fuese una limosna, sino un regalo. Fui al cajero a sacar más, como en una especie de trance.
Creo que todos vamos, sin saberlo, dándonos contra la vereda en ofensa propia, hablando, escribiendo y diciendo compulsivamente para matar la muerte en lo que amamos. Jamás sabemos si hablamos, escribimos o decimos bien, nunca se sabe, la muerte no ha dejado de ganar cada partida desde que juega a este juego, pero el caso es que seguimos y seguimos, forasteros corpóreos en un mundo de fantasmas, nos mira Macedonio sabiendo qué se siente siendo un recienvenido, sabiendo que nos dejamos olvidado al perro en el perchero y que aquí o allá, hasta Borges es cuerpo, hasta Cortázar es cuerpo.
De dónde salieron si no, los manuales para subir escalera, los códigos de conducta en los velorios, esta forma tan rara de recibir, dando, una limosna. Esa forma de hablarle a los libros con dedos de ciego. Esa forma de latir como si cada gesto fuera prólogo.
Hagan por encontrarse con Macedonio al menos una vez, antes de morirse, sobre todo si cultivan vocación escritora.
Como buenos devotos de la literatura. Una vez por lo menos, como un musulmán peregrina a la Meca.