De cada verano guardamos cierta luz de crepúsculo, una canción, una palabra. La memoria se guarda en el bolsillo, como calderilla o ticket de aparcamiento.
Ni rastro del sabor amado en la punta de la lengua. Ni rastro de arena. Ni rastro de tardes insoladas.
Después empiezan a llegar los documentos. Lo pagado con tarjeta de crédito, lo que pudimos hacer y no hicimos, lo que quisimos escribir y no pudimos, lo que callamos y dejó de ser importante. El otoño nos recibe como si fuéramos otros, como si le diéramos un poco de lástima, suavemente en los brazos.
Los libros de la vuelta al cole, la extrañeza en la oficina, la vaga sensación de menos, que se va haciendo más.
Y de repente, el anuncio del Almendro, los villancicos.
Así, en -ísimo nos mide a pulso la vida.