Madurar es tener una agenda cada vez más apretada de amados muertos, hacer valer su recuerdo en esa conquista que perder la juventud. Uno conquista su edad, pelea como un cosaco para ser digno de ella.
Yo pegué el gran estirón viendo a mi padre quedarse sin aliento detrás de la mascarilla de oxígeno, tragándome las lágrimas. Bajaban quemando, mezcladas con la asepsia de hospital.
Me siento orgullosa de no haber cargado su partida con mi llanto. Supo reírse de sí mismo hasta el final.
Merecía irse como quien va a la esquina y vuelve y también que su sentido exagerado de la responsabilidad le distrajese de los ojos enamorados de mi madre.
Recuerdo muy a menudo esa risa disneica aunque fue, en general, un hombre melancólico.
La muerte nos permite entenderlo casi todo.