Una de las reglas fundamentales de la comedia de situación es que el autor sienta respeto por el guión y los espectadores.
Es más difícil hacer reír que hacer llorar y no hay nada peor que un mal chiste.
Las mejores sitcoms son las que no renuncian a la calidad de sus actores sobre las tablas, pero tampoco a poner poner lacras y miserias de la gente común sobre el mantel.
Nos familiarizan con el ridículo y las debilidades humanas en un tono ligero, no son políticamente correctas, pero tampoco gratuitamente ransgresoras. Uno termina masajeado por la risa, pero sin sentir insultada su inteligencia.
Qué nostalgia de aquellas épocas de Cheers: ‘Nooooooorm’. Uno tenía la GARANTIA de que al terminar el episodio, la vida parecería más amable, más manejable, más fácil de entender. El ‘Noooooooorm’ era como darle a un interruptor y saber que la risa se iba a encender como se encienden las luces.
Ahora ver sitcoms es como jugar a la ruleta rusa. Ya no hay garantías. Nos quedan las repeticiones de las afortunadas viejas series de escenario, y uno de cada tres episodios de Aquí no hay quien viva (con suerte, cruzando todos los dedos de manos y pies). Siete Vidas se repite como el ajo y Aída es una pobre imitación de Siete Vidas.
Los que disfrutan canales de pago pueden reconciliarse con el arte de la comedia de situación viendo Los Sopranos, que tiene lo mejor del género sin ser del género, lo mejor del cine sin ser cine y es un muestrario de los valores mafiosos de la existencia, que tal como va el mundo nos conviene desdeñar.