Nosotros preparábamos la comida. Pasta con verduras al wok.
Lo que en principio parecía un accidente, se quebró en la garganta de Matías Prats con voz incrédula:
Otro avión. Otro avión. Qué barbaridad.
La pasta se enfrió en la fuente. Casi no la probamos.
Jamás olvidaré el trazo vertical del primer hombre que se arrojó al vacío. Tardó una eternidad en caer, parecía un saltador de trampolín olímpico, una de sus rodillas, flexionada como en el ballet, hasta los faldones de la americana de su traje de broker permanecieron pegados al cuerpo. Recuerdo que más tarde seguí su camino en una foto que publicó Philippe, sobre el cielo gris de la zona cero.
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Cenamos pasta recalentada, en silencio. Vimos las noticias todo el día. No recuerdo las palabras que empleábamos para comentarlo entre nosotros.
Recuerdo que las palabras quemaban el pecho, sin poder salir. Recuerdo una nube de polvo y humo que nos nublaba los ojos. Recuerdo claramente el estupor.
Hace unos días, viendo Land of Plenty, de Wenders, volvió a dolerme aquello, en el mismo lugar y en el mismo
estado de precariedad de lenguaje.
Igual que me duele esa chica violada y degollada por una pandilla de preadolescentes en Nueva Orleans, sin que nadie moviera un dedo por evitarlo.