De pequeña, los relicarios de las iglesias peruanas, los muertos descubiertos de los cementerios del salitre en Atacama a los que les crecían el pelo, las uñas y hasta las pestañas, me fascinaban.
En el 83 fueron las reliquias de las catedrales, las vitrinas de los santos, la sangre del cáliz del Cebreiro.
De pronto, al ver a los ángeles voyeurs mirando las formas perfectas del cuerpo de Cristo me lo ha hecho recordarlo todo.
Ese es el don de la buena fotografía.
El punctum, ese lugar en que nos fijamos, nos lleva a lugares de dentro a los que no solemos ir, para deleite o pesadilla, pero en cualquier caso siempre en viaje útil, en giro de inesperada fortuna.